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A ño IV - Número 24 |
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Insólita
como parece, esta situación es análoga a la que nos
plantean los comunicadores sociales, los productores mediáticos,
los periodistas, e incluso algunos artistas, toda vez que se les critica
el bajísimo nivel de calidad de los periódicos, la radio
o la televisión. No niegan los males ni los peligros; no le
quitan gravedad a sus actos ni minimizan sus funestos efectos sobre
la audiencia; incluso nos previenen de que hay más en camino;
pero, al mismo tiempo, se permiten aconsejarnos sobre cuales son los
antídotos eficaces para preservar nuestra moral, nuestro buen
gusto y hasta nuestra cordura: educarnos y usar el control remoto. Cada
vez con más frecuencia se repite en los medios que la educación
y el ejercicio de nuestro poder de decisión sobre los contenidos
que vemos son las claves para superar el conflicto, al punto que el
propio sistema educativo -de la mano de no pocos pedagogos de renombre
y con el apoyo de muchísimos docentes bienintencionados- ha
hecho suyas las premisas organizando planes de estudio oficiales en
torno a estos conceptos. Se presume que una población bien
instruída en las argucias mediáticas y habituada a seleccionar
críticamente lo que ve y lo que lee no tendrá problemas
a la hora de librarse de las malas influencias, y allí vamos
los maestros con nuestros libritos y nuestras bien preparadas clases
dispuestos a inmunizar a los niños (los adultos contemporáneos
ya somos un caso perdido), convencidos de que, gracias a nosotros,
en un futuro no muy lejano todo será color de rosa en el éter. Creo
fervientemente en el poder transformador de la educación pero,
en este caso, debo exponer dos fuertes objeciones: el consejo viene
del enemigo y, encima de todo, no es bueno. Trataré de justificar
estas impresiones. En
primer lugar, la educación no es garantía de nada. Los
productores de contenido mediático son todas personas bien
educadas que han desarrollado un doble discurso ético perfectamente
sostenible dentro de la Lógica, y lo mismo sucede con muchos
espectadores que aceptan de buen grado lo que aquellos les ofrecen.
Es difícil refutarlos cuando aducen, por ejemplo, que el bien
común surge de la libre expresión de los derechos individuales,
tales como el derecho a publicar sin restricciones o el de elegir
lo que se ve, se lee o se escucha. Tales apelaciones jamás
podrían provenir de mentes ignorantes, sino más bien
de las que han aprovechado la formación que se les brindó
para elaborar justificaciones válidas para actos injustificables.
En tales circunstancias, un aumento en la educación o en la
erudición de los antagonistas sólo contribuye a dilatar
los argumentos, a hacerlos cada vez más complejos, a expensas
de una toma de decisión. A los medios esto les conviene sobremanera:
siempre son noticia, siempre se habla de ellos, siempre a "alto
nivel"
pero nunca se hace nada. Segundo,
la educación no produce resultados uniformes ni universales.
Es un hecho que siempre existirá una amplia franja de la población
cuya cultura general adolezca de limitaciones y cuya actitud frente
a los contenidos mediáticos sea mayormente receptiva, por la
misma razón que siempre habrá ladrones o mentirosos.
La naturaleza humana posee una extraordinaria inercia y hay en nosotros
fuerzas atávicas que nos hacen preferir el hedonismo y la satisfacción
instantánea que nos ofrecen los medios por sobre el esfuerzo
intelectual que demandan otras actividades culturales de calidad superior.
Más aún, el conjunto de los que se inclinan por el facilismo
siempre será mucho más extenso que el de los intelectuales
(al menos nadie sabe cómo cambiar la proporción, de
modo que los medios tienen garantizada una vasta clientela para aquellos
productos más fáciles de generar, más baratos
y, por ende, más rentables). Cuando los medios nos conminan
a educar a las nuevas generaciones, lo hacen a sabiendas de que los
ignorantes se reproducen más rápido que los sabios,
y que estos no poseen una herramienta infalible para sacar a los otros
de su estado antes de que caigan víctimas de los contenidos
que profundizan y eternizan su ignorancia. En
tercer término, si respetamos el derecho a la libre elección,
queda claro que la educación no puede forzar a los individuos
a elegir siempre lo mismo. Si lo hiciera, no sería educación,
sino adiestramiento en un acto reflejo. Justamente porque al educar
hacemos a las personas libres es que terminan unas eligiendo lo bueno
y otras, lo malo. Pero sin llegar a estos extremos morales, de nuevo
es un hecho que infinidad de personas educadas eligen cosas disímiles
desde un punto de vista cultural. Los pedagogos que apuestan a educar
para combatir la influencia de los medios esperan que una mayoría
de educandos acabe deseando ver sólo documentales de alto nivel
en la televisión, mientras que los productores apuestan a que
-aún educada- una inmensa mayoría preferirá los
"reality-shows" y las novelas baratas. En este juego, los
pedagogos arriesgan su prestigio y los productores, su dinero. Huelga
decir quién apuesta más sobre seguro
Cuarto,
la educación no es selectiva ni discriminatoria. Si pudiésemos
saber de antemano cuáles de nuestros niños serán
en la adultez productores de televisión o periodistas podríamos,
en principio, educarlos para que se vuelvan personas de elevada moral
o, por el contrario, podríamos elegir dejarlos ignorantes para
que nunca puedan hacer del todo "bien" su trabajo. Si pudiésemos
llenar de simplones los niveles decisorios de los canales de televisión
o las redacciones de los periódicos sería mucho más
fácil controlarlos y lograr que hagan lo que queremos. Pero
ni los educadores estamos en posición de anticipar la profesión
de nuestros alumnos, ni iríamos jamás contra nuestros
principios. Los medios lo saben, y así es como muchos de nuestros
esfuerzos terminan generando personas educadas que luego destruyen
en otros la educación que recibieron. Quinto, la libre elección beneficia a los individuos más que a la sociedad. El control remoto como arma defensiva es un recurso básicamente egoísta y disolutorio: salva a la persona que lo usa bien, pero no trasciende, porque los medios han creado una cultura donde lo que vale es cuántos aprueban sus productos y no cuántos los ignoran. En concreto, el rating mide la cantidad de espectadores de un determinado programa; pueden ser muchos o pocos (y nunca está claro qué cifra alcanza para garantizar su supervivencia o provocar que se lo deje de emitir), pero nadie cuenta a las personas que voluntariamente eligen no verlo, porque para los medios sólo suma la libre elección cuando les es favorable. De este modo, se ha instalado en nosotros la conciencia de que un espectáculo es exitoso cuando lo mira un millón de personas, aunque existan dos o tres millones que abominan de él explícitamente. A tal punto es así, que el acto de aprobar un contenido mediático nos integra de inmediato a un grupo social (los "fans"), en tanto que rechazarlo nos sumerge en el más terrible de los anonimatos. En
la cultura de los medios, mirar integra (ni siquiera hace falta participar)
y elegir no mirar, excluye. En semejante contexto, educar para el
libre albedrío es una invitación al aislamiento, a sentirnos
críticos solitarios que no merecen siquiera ser contados, que
jamás figuran en las encuestas; es decir, personas formadas
para tener una opinión que a nadie interesa. Por
otra parte, educar es un arte difícil para el educador y uno
sencillo para el comunicador social. Los artistas suelen conjeturar
sobre si es más complicado hacer reír que llorar, pero
en lo que a los valores morales concierne ningún maestro tiene
dudas: hacen falta muchos esfuerzos y no poca fortuna para instalarlos,
y pueden ser destruídos en un instante por culpa de un mal
ejemplo o una tentación banal. No es inusual escuchar a los
medios sincerarse y admitir que, como lo suyo "es puro entretenimiento",
dejan la educación para la escuela o la familia. Puras mentiras;
educan todo el tiempo, o más bien "des-educan", que
viene a ser lo mismo con signo opuesto. No es aventurado afirmar que
hoy en día la moral social está determinada inequívocamente
por lo que dictan la televisión o las revistas de circulación
masiva y que, en realidad, la escuela y las familias están
inmersas en una lucha permanente por adaptarse a esa moral, habiendo
perdido la capacidad de generar una propia o la de interpretar la
moral auténticamente social. Es fácil para los medios,
entonces, apelar a la necesidad de educar a la población, porque
ellos siempre contarán con los mejores recursos y los más
atractivos argumentos para asegurarse que el resultado los favorezca.
¿Qué maestro puede competir en credibilidad con la televisión,
con el periodista "estrella", con el actor de moda, con
la modelo famosa? ¿Qué alumno preferirá los rigores
del estudio al facilismo mediático que promete la sabiduría
tras cincuenta minutos de autismo frente a la pantalla? Los medios
nos piden que eduquemos porque saben que ellos lo hacen mejor, más
rápido y más barato, y porque obligándonos a
actuar en su contra nos exponen al más seguro ridículo
frente a nuestros alumnos. En
séptimo lugar, los medios saben que la pedagogía moderna
les juega a favor. La tendencia en boga apunta a reducir drásticamente
el rol del docente como guía y transmisor de valores y contenidos,
y busca en cambio que los alumnos protagonicen su propio aprendizaje.
Más allá de que ambas tareas no son incompatibles, como
muchos quieren hacernos creer, el constructivismo pedagógico
tal como se lo practica hoy equivale a un desarme unilateral en medio
de la batalla, tal y como si todo nuestro ejército arrojase
al suelo sus fusiles y se dispusiera a enfrentar al fuego enemigo
con los puños. Efectivamente; los medios -que han leído
a Piaget entre carcajadas- utilizan sofisticadas técnicas de
condicionamiento pavloviano para inducir comportamientos y deseos
en la audiencia. Y lo peor del caso es que, a despecho de lo que ciertos
pedagogos quieren ver, les funcionan a las mil maravillas. En breve,
que mientras los maestros rechazamos las metodologías conductistas
por atentatorias contra la libertad humana, los medios las usan sin
ningún remordimiento, modelando la mente de los espectadores
con una eficiencia digna de todo elogio. También aquí
es obvio el por qué nos invitan a educar: ellos tienen métodos
eficaces, y los nuestros no lo son. Y
octavo, a consecuencia de lo anterior, la independencia que promovemos
los educadores se hace inalcanzable porque los medios consiguen con
menos esfuerzo algo todavía mucho más deseable para
las masas que la libertad: la ilusión de ser libres. El hombre
educado sabe que su libertad es limitada, frágil y -muchas
veces- puramente nominal. El imbécil que ha sido condicionado,
en cambio, cree ser absolutamente libre todo el tiempo, y no comulgando
en el pathos de los intelectuales es -admitámoslo- profundamente
feliz. En consecuencia, los medios tienen en su forma de presentar
a la libertad un producto muchísimo más "vendible"
que el nuestro. De
todo lo dicho se deduce que, aunque suene absurdo, los maestros estamos
siendo vencidos en nuestro propio terreno y con nuestras propias armas,
y la habilidad profesional que nos distingue no nos está dando
ningún resultado. ¿Debemos
cambiar nuestros pertrechos bélicos? ¿Debemos combatir
con otras herramientas que no sean la educación? Nada de eso.
Hemos nacido para educar y educando moriremos. El
asunto es que hemos querido convertir a la educación en un
mecanismo para la represión de los males sociales, para el
control de los grupos de poder, y la educación no es la policía
de nadie. Cada vez que la televisión o la prensa nos regalan
una nueva muestra de sensacionalismo o grosería y nosotros
aceptamos el reto de educar para que los efectos no sean tan nocivos,
estamos convalidando sus actos y abriendo la puerta para que los próximos
sean mucho más revulsivos. De este modo, somos nosotros mismos
los que movemos la frontera para que los medios hagan cosas cada vez
más osadas, cada vez más transgresoras, cada vez más
inmorales. Esta
actitud es claramente suicida. Si los medios no temen a la educación,
debemos preguntarnos a qué temen para combatirlos. Y la respuesta
es elemental: le temen a la ley, que es la voluntad expresa del pueblo
hecha instrumento de control, represión y castigo de los excesos.
Si existieran leyes claras para la radiodifusión y se las hiciera
cumplir con justicia y energía no estaríamos discutiendo
estos problemas, y entonces los educadores podríamos cumplir
con nuestra noble profesión educando para objetivos superiores.
Porque es realmente frustrante tener que educar para la crítica
acérrima, para la defensa desesperada, para vivir negando valor
a lo que se nos muestra. Los educadores de vocación sin duda
preferirían educar para el disfrute pleno del arte, la cultura
y el entretenimiento que unos medios verdaderamente enfocados en contribuír
al bien común podrían estar desparramando por el mundo
sin demasiado esfuerzo. En resumen, para controlar a los medios necesitamos leyes y jueces; con la educación no alcanza. O puesto de otra manera, recién a partir de las leyes y los jueces podremos decir que ha llegado el turno de educar para un verdadero aprovechamiento de los medios de comunicación social. Exijamos a los legisladores que hagan su trabajo, al Poder Judicial que cumpla con su mandato; cuando sea el turno de los maestros, será nuestro deber ponernos a la altura de las circunstancias.
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