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A ño IV - Número 22 |
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Esta palabreja
que últimamente quita el sueño a los administradores,
funcionarios y docentes -la calidad- merece que se aplique
con ella el mismo tratamiento que los educadores exigen para con sus
respectivas disciplinas; es decir, que se la estudie un poco. Calidad y cualidad
tienen la misma raíz latina (qualitas, qualitatis)
y así es fácil ver que son las cualidades las que determinan
la calidad de algo o de alguien. De manera que no es la calidad una
propiedad discreta, sino la suma de ciertas propiedades cuyo valor
es convencional, tanto como su número. Para determinar si algo
tiene calidad, entonces, es imprescindible obtener un consenso más
o menos amplio sobre cuántas y cuáles son las cualidades
que habrán de evaluarse; esto es, definir un conjunto de estándares. Pero, al hablar
de educación, ¿dónde buscaremos esos estándares?
Podríamos intentarlo -del modo más intuitivo- midiendo
los resultados visibles de la enseñanza, pero ya tropezaríamos
con la primera dificultad. Educar no es sólo
transmitir conocimientos; también implica formar el carácter,
las costumbres, las ideas; ¿y cuándo puede decirse que
estos objetivos de la educación han sido cumplidos con suficiente
nitidez como para que se los pueda comparar contra un estándar?
¿Cuántas veces tiene que obedecer un estudiante para
que lo aceptemos como obediente? ¿Cuántas misas hacen
a uno católico, o cuántos salmos a otro judío?
¿Cómo combinar en un perfil único la templanza,
la honestidad, el respeto, el amor por la sabiduría, cuando
los humanos somos tan cambiantes y heterogéneos en virtudes
y defectos? Más aún, ¿cómo medir valores
tan inasibles, que sólo están presentes en nosotros
en proporciones, nunca en forma binaria e inequívoca? Tal vez podríamos
intentar una aproximación por el flanco opuesto y concentrarnos
en los resultados del aprendizaje antes que en los de la enseñanza.
No, no es un juego de palabras. La instrucción produce efectos
inmediatos en las personas, saberes o comportamientos cuyas manifestaciones
podemos advertir muy pronto, pero el tiempo decanta esas adquisiciones
y los aprendizajes iniciales son seguidos por otros, y otros más,
hasta que finalmente el proceso se estabiliza (un poco). Se enseñan
unos nombres y unas fechas que el alumno repite a conciencia. Si los
medimos ahora, hemos alcanzado los estándares, pero veinte
años después el individuo puede haberse convertido en
un ignorante si los olvidó, o en un sabio si construyó
más y más aprendizajes sobre ellos. ¿Habremos
dado una educación de calidad que es independiente de cómo
se la aproveche, o deberíamos haber incluído a la capacidad
de aprovecharla como parte de los estándares para juzgar su
valor? Otra complicación
surge al considerar la calidad de la enseñanza en sí
misma, no a través de resultado alguno, sino como análisis
de una técnica. Dados ciertos parámetros de performance,
los maestros de una escuela podrán ser excelentes, mediocres
o pésimos. Y si bien esto puede parecernos decisivo, la experiencia
indica que de cualquiera de las tres categorías surgirán
discípulos que, a su vez, serán excelentes, mediocres
o deleznables. Una vieja máxima educativa señala que
"los alumnos aprenden gracias a sus maestros... y también
a pesar de ellos". Para colmo de
males, cualquier educador sentiría como injusta una evaluación
de calidad que lo tenga como único protagonista, que se enfoque
nada más que en determinar la perfección o los errores
de sus prácticas. ¿Qué culpa tiene la maestra
que enseña bien de que algunos de sus alumnos aprendan mal?
Porque en esto de ser malos aprendices, los humanos también
sabemos ser excelentes... Dos términos
asociados frecuentemente con la medición de la calidad merecen
al menos unos párrafos: la eficiencia y la eficacia.
La eficacia
es la capacidad de lograr el efecto buscado. Si la aceptásemos
como estándar de calidad, deberíamos verificar que el
alumno ha aprendido lo que queríamos que aprenda o que se ha
convertido en lo que esperábamos que se convierta. Pero difícilmente
nos resultaría potable que una escuela dirigida por nazis sea
calificada como "de calidad" nada más que porque
satisface aquellos requisitos. Sin duda, la calidad de los resultados
también depende de la calidad de los propósitos. La eficiencia,
por su parte, está relacionada con el modo en que aprovechamos
los recursos. Una escuela pobrísima que logra alcanzar sus
fines pedagógicos y otra dotada de los más modernos
avances que con idénticos objetivos es igualmente exitosa,
nos plantean dos dilemas: ¿son ambas de calidad, pero sus calidades
son diferentes? ¿cuál es la calidad del sistema educativo
en su conjunto, si permite la coexistencia de estas desigualdades?
Las dos son eficaces porque logran el efecto deseado; una es más
eficiente que la otra porque consume menos recursos, pero están
inscriptas en un sistema injusto, lo cual -por cierto- no es un síntoma
de calidad. Consideremos por
un instante a los recursos mismos. Pueden ser las técnicas
que los maestros utilizan o los objetos de que disponen para enseñar.
Pero hay técnicas que dependen de la presencia de ciertos objetos,
y otras que demandan otros o ninguno. Convengamos en que no se puede
enseñar sin al menos una tiza y un pizarrón donde garabatear
conceptos o presentar datos e ideas. Con tan pocos elementos puede
enseñarse a leer y escribir con absoluta propiedad, como atestiguan
muchas generaciones de humanos. Ahora bien, si incorporamos a la escuela
una moderna computadora y la usamos para exactamente el mismo fin,
y obtenemos exactamente el mismo resultado, ¿hemos aumentado
la calidad? ¿En qué medida la complejidad del recurso,
su costo o su ubicuidad son cualidades que contribuyen a alterar para
bien o para mal nuestro juicio de valor sobre la enseñanza
en sí? Si pensamos en la eficacia, ambos métodos son
exitosos en el uso de las herramientas. Si pensamos en la eficiencia,
quien hace lo mismo con menos lleva las de ganar. Pero es dudoso que
un padre piense que la escuela que no tiene computadoras es mejor
que la que sí las tiene... Claro, podría
argumentarse que la computadora sirve para muchísimas más
tareas que una humilde tiza y un pizarrón. A lo que podría
responderse que la computadora sirve para tantas cosas, que es imposible
que un maestro de escuela, por más entusiasta que sea, pueda
utilizarla sino a una ínfima fracción de su potencial.
Con lo cual se convertiría en una herramienta eficaz pero usada
ineficientemente, lesionando de nuevo nuestro concepto de la calidad.
Entonces podría surgirnos la idea de producir una computadora
con capacidades limitadas a los usos escolares, lo que la haría
a ella eficaz y a nosotros eficientes; propuesta que, sin lugar a
dudas, contaría con la desaprobación de los fabricantes
que dirían que aplicarse a montar una línea de producción
para un artefacto semejante sería ineficiente e ineficaz. En
cuestiones de calidad, los razonamientos cíclicos están
a la orden del día. La calidad de
la educación es un asunto complejo y de muchas aristas. Todos
tenemos de ella un concepto intuitivo y creemos reconocerla cuando
la vemos. Pero ni tanto ni tan poco. La calidad puede estar hecha
de cualidades primorosas, y bajo ellas es seguro que se ocultan muchas
ineficacias y variadas ineficiencias. No siempre -mejor dicho, casi
nunca- podremos eliminar estas aparentes máculas sin dañar
el conjunto, porque la enseñanza y el aprendizaje son actividades
imposibles de equiparar con automatismo alguno. En un sentido
profundo la calidad educativa es un doble compromiso, porque implica
comprometernos con objetivos nobles, elevados y exigentes, y al mismo
tiempo hallar el compromiso exacto entre la realidad y la utopía.
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