Año III - Número 19

Guillermo Jaim Etcheverry

Guillermo Jaim Etcheverry completó sus estudios de medicina con Diploma de Honor en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. En esa institución, obtuvo el título de Doctor en Medicina en 1972, habiendo merecido su tesis de doctorado el premio Facultad de Medicina a la mejor Tesis en Ciencias Básicas.

Dedicado en forma exclusiva a la docencia y la investigación en el campo de la neurobiología, fue becario de iniciación y de perfeccionamiento del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), institución en la que actualmente se desempeña como Investigador Principal en su Carrera del Investigador Científico. Ocupó todas las posiciones docentes en el Departamento de Biología Celular e Histología de la Facultad de Medicina (UBA) en el que, actualmente, es profesor titular.

Entre los años 1986 y 1990 fue decano de esa Facultad. Realizó estudios de posgrado en Basilea, Suiza y, entre otras distinciones, obtuvo la beca de la John Simon Guggenheim Memorial Foundation que le permitió trabajar en el Salk Institute de La Jolla, California durante 1978. Es editor de numerosas publicaciones nacionales e internacionales. Es miembro correspondiente de la Academia Ciencias Médicas de Córdoba y miembro de número de la Academia Nacional de Educación y de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación.

En 1999 publicó el libro titulado "La tragedia educativa" que recibió el premio al mejor libro de educación del año, otorgado por las X Jornadas Internacionales de Educación. En 2001, recibió el premio "Maestro de la medicina argentina".


Entrevista del Mes
Exclusiva de Contexto Educativo

P: El título de su libro "La Tragedia Educativa" es toda una definición pero, recordando los orígenes teatrales de la tragedia, cabe preguntarse si en el caso argentino no estaremos también frente a esa tradicional lucha escénica entre uno o más personajes y una fuerza superior. ¿Es este deterioro permanente de la calidad educativa nuestro destino? ¿Existe algún "dios" malévolo o caprichoso que nos ha inducido a caer en la tentación de destruir la cultura que supo enorgullecernos? Y de ser así, ¿tiene esa fuerza nombre y apellido?

G.J.E.: Sin duda, el deterioro permanente no es nuestro destino porque, como se señala, tuvimos una cultura que supo enorgullecernos. Numerosos estudios demuestran que venimos de un pasado claramente mejor. Por ejemplo, una interesante investigación realizada por la profesora Élida de Gueventter señala con claridad que la calidad educativa está cayendo aceleradamente en nuestro país. Esos estudios, realizados a partir de la década de 1970, comparan el rendimiento ante las mismas pruebas de jóvenes escolarizados, de clase media, de entre 17 y 22 años de edad, que encaran la elección de un proyecto de vida profesional y laboral una vez finalizados sus estudios secundarios.

Si se analiza globalmente el rendimiento del conjunto del grupo evaluado -en el que se investigan las funciones lógico-matemáticas, lógico-verbales y lógico-espaciales- en la década de 1970, el 71,1% alcanzó el nivel aceptable; el 25,6%, uno mediocre y el 3,3%, uno no deseable. Las cifras obtenidas a comienzos de la década de 1990 fueron el 17,8% con un rendimiento aceptable, el 56,2% con uno mediocre y el 26% con uno no deseable.

El interés singular de esta investigación reside en el hecho de que se estudia la respuesta de jóvenes de distintas generaciones a cuestionarios similares. Es decir, año tras año, los jóvenes responden peor a las mismas preguntas. Asimismo, es de especial importancia la comprobación realizada en el mismo estudio acerca de la mutación operada en los valores de esos jóvenes, lo que permite concluir que el menor rendimiento de los jóvenes de hoy se debe a que su valoración del conocimiento es menor que la de los jóvenes de hace dos décadas.

No creo que esta declinación se deba al designio de un "dios malévolo o caprichoso" sino a una atmósfera cultural en la que se destaca el creciente desprestigio social del conocimiento. Esto es llamativo si se considera la frecuente apelación a la "sociedad del saber o del conocimiento" que domina el discurso público.

P: La Escuela Pública y la Universidad gratuita fueron los pilares del desarrollo argentino, dando origen a una vasta burguesía ilustrada y alimentando de profesionales a la industria, el comercio y las artes. Hoy se las ataca desde todos los ángulos. ¿Cree Ud. que podrán resistir los embates del eficientismo y la mercantilización? En cualquier caso, ¿cuál es el escenario educativo-institucional que Ud. avizora para la próxima década?

G.J.E.: Asistimos a un poderoso esfuerzo por desprestigiar la educación pública, impulsado por el descubrimiento de que el mercado de la educación constituye una fuente potencial de grandes ganancias para las empresas. Por eso, por todos los medios se trata de convencer a la gente de la inutilidad de lo público y de la pretendida "excelencia" de lo privado. Estimo que es preciso que los intelectuales se comprometan más activamente en el esclarecimiento de la opinión pública acerca del valor del tesoro social que representan las instituciones educativas que sostiene con su esfuerzo.

Sin embargo, ante la ola pretendidamente modernizadora que engulle a nuestra sociedad, no resulta fácil ser optimista en relación con el futuro de estas instituciones. Creo que en la próxima década la presión por incorporar la educación al mercado de bienes y servicios seguirá creciendo y también lo hará la concepción de la enseñanza como una industria más, sometida a las leyes de la empresa. Es preciso que la gente advierta que no todas las actividades humanas, la educación entre ellas, puede ser reducida a los indicadores numéricos que permiten administrar las empresas. Las educativas son instituciones culturales basadas en la interacción de personas interesadas en el saber.

P: Es indudable que la clase política argentina ha sido instrumental en todo el proceso de degradación educativa. En su opinión, ¿son los políticos recuperables para la causa cultural de la Nación?

G.J.E.: La experiencia reciente indica que no es muy probable que aparezcan dirigentes obsesionados por el problema educativo, en los hechos y no en el discurso. Por eso resulta tan importante la construcción de una ciudadanía advertida de lo que está en juego en este debate al que, en general, permanece ajena. Sólo mediante esa presión social podrían mejorar las instituciones educativas.

P: Tampoco puede negarse que las sucesivas crisis económicas, la mala administración y la consecuente escasez de recursos han contribuido al deterioro del sistema educativo. Teniendo en cuenta que esta situación persistirá -en el mejor de los casos- por algún tiempo, ¿podemos aspirar a mejores resultados educativos en el corto plazo? ¿Qué condiciones deberían darse para que esto suceda?

G.J.E.: Todas las distorsiones señaladas surgen del desinterés básico que existe por estas cuestiones. Si en la Argentina un cadete gana más que un maestro, es porque a la sociedad le interesa más lo que hace ese cadete. Por exigencia de los padres, los maestros se convierten aceleradamente en cuidadores de guardería. Y esa devaluación educativa es percibida por las jóvenes generaciones que advierten que nuestro discurso va por un rumbo mientras que la realidad sigue por otro. Si se lograra reinstalar el interés por la educación -fundamentalmente por la adquisición de las habilidades intelectuales básicas tales como comprender lo que se lee y la realización de simples operaciones de abstracción- los demás indicadores se modificarían: obtendríamos mejores resultados con lo poco que tenemos y aumentaría la presión social para contar con más recursos.

P: En las últimas dos décadas, las telecomunicaciones y la informática han producido toda una revolución en las áreas productivas y administrativas de los países más desarrollados, y las naciones que aspiran a mejorar su situación sienten como prioritario tecnificarse. Los educadores sabemos que la tecnología no garantiza per se la calidad educativa, y que hay necesidades más perentorias en sistemas como el nuestro. Sin embargo, ciertas ventajas de estas tecnologías podrían contribuir a mejorar la educación, como la posibilidad de capacitar a los docentes a distancia o el acercarlos a información y conocimientos que de otro modo les estarían vedados por su costo. En su opinión, ¿cuál sería el grado óptimo de inserción tecnológica en la escuela, bajo las actuales condiciones?

G.J.E.: No me parece inconveniente que la tecnología se incorpore a la escuela siempre y cuando no se confíe en que ello producirá una revolución educativa. El problema reside en la significación y el manejo del conocimiento más que en la información a la que permiten acceder esas tecnologías. El problema de la educación argentina no se explica por una debilidad en la información de avanzada sino por la escasa voluntad de transmitir los conocimientos más sencillos e instrumentales que permitan acceder a ella. Para eso hace falta una tecnología mucho más sofisticada que las telecomunicaciones y la informática: maestros bien preparados, que conozcan lo que se supone que deben enseñar y que, además, estén motivados para hacerlo.

P: Por último, ¿cuál sería para Ud. el mejor mecanismo para elevar el nivel profesional de nuestros docentes: mejorar el actual sistema de profesorados, o trasladar la acción formativa a la Universidad? ¿Por qué?

G.J.E.: Mejorar la exigencia del sistema de profesorados resulta clave y, fundamentalmente, volver a poner el énfasis en el conocimiento de los contenidos a enseñar. Estamos atravesando un periodo en el que parece que resulta posible enseñar estrategias en un vacío de conocimientos concretos. Creo que es un error ante el que se está reaccionando en todo el mundo. Para desarrollar el espíritu crítico, hay que tener algo para criticar. No creo que por el hecho de alojarse en la universidad, la acción formativa experimente un salto cualitativo: puede o no hacerlo. La designación "universitaria" no aporta nada de por si. Buenos profesorados son muchas veces mejores que malas universidades. Sin embargo, una mayor vinculación entre ambas instituciones sería deseable en el futuro, especialmente porque haría que la universidad mirara las etapas previas de la educación que, en general, hoy ignora.


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