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Hispanoamérica se debate
en una sorda lucha por su futuro, quizás hasta por su supervivencia
cultural. Desde hace más de medio siglo sufre los embates de
un orden mundial que sólo admite para ella un papel subsidiario,
y sumida en un letargo suicida ha entregado sus tradiciones, sus valores
y sus mejores cerebros casi sin resistencia.
Nuestra cultura
no nació para representar el triste rol de curiosidad étnica,
ni debería conformarse con ser proveedora de músicos
de subterráneo para las capitales europeas o de apellidos latinos
para que los partidos políticos de Norteamérica se arrimen
votos cada cuatro años. La América hispana puede y debe
aspirar a más, porque sus héroes y sus poetas y sus
pueblos enteros jamás han sido menos que nadie, ni merecen
la indigna consideración de siervos con que se los trata en
el presente.
Abramos los ojos.
¿Qué dirían San Martín o Bolívar
de nosotros; qué maldiciones nos echarían los prohombres
de América que dedicaron su vida a hacernos grandes si pudieran
ver la triste situación en la que estamos; qué angustia
sentirían Miranda, Martí o Sarmiento si se les fuese
dado volver a esta vida para contemplar la humillación que
soportan hoy los pueblos que ellos elevaron con tanto esfuerzo?
A pesar de todo,
hundidos como estamos en la dependencia más atroz, aún
nos quedan la honra y nuestros hijos para que la Historia nos juzgue
finalmente como hombres y mujeres dignos. El honor, porque es la cualidad
más cabal de los ciudadanos libres; la nueva generación,
porque ella es la única forja posible donde martillar las vigas
de un mundo mejor.
Es la hora de
los educadores. En el pasado las revoluciones fueron tarea de soldados,
de políticos o de obreros. Todos han tenido su oportunidad
y su tiempo, pero de los primeros ya no quedan sino mercenarios; los
políticos se han convertido en aristócratas de la corrupción
y el robo, y los obreros están agotados por la miseria. Nos
toca a los maestros de Hispanoamérica, tal vez el único
cuerpo social mayoritario con identidad e ideales propios que subsiste
en el continente, resistir a la tiranía y luego combatirla
desde sus entrañas, haciéndole surgir un enemigo mortal
en cada niño y en cada joven.
¿Contra
qué luchamos? Estamos enfrentados -como siempre- con la ignorancia
y la superficialidad que los poderosos desearían ver universalizadas
para convertir a las masas en impotentes consumidoras de productos
banales que sólo sirven para hacerlos a ellos más ricos
y a los pueblos más dependientes. Luchamos contra la mentira
de quienes nos desinforman a diario desde los medios, hoy trocados
en una herramienta de control mental más temible que cualquier
bomba. Peleamos contra la alienación y el individualismo egoísta
que quiere hacer de cada hombre un carnicero de su hermano para que
sólo el más cruel o el más rapaz sobrevivan.
Nos oponemos a la desidia, la desesperanza, la abulia y la indiferencia
que nos inyectan como una droga para que nos volvamos incapaces de
cualquier reacción contra el sistema. Combatimos contra el
facilismo que quiere hacer de todos nosotros ingenuos hedonistas,
fáciles de satisfacer con poco pan y mucho circo.
El
campo de batalla es indudablemente educativo, y en él
los pedagogos debemos invadir palmo a palmo el terreno que otros nos
arrebataron en el pasado, o el que nunca nos preocupamos por ocupar.
Si lo logramos, ya no será posible para los políticos
usar las aulas como plataforma ideológica, ni a los economistas
decidir sin nuestra voz y voto cuánto del presupuesto nacional
es necesario para mantener una población cultivada, ni a los
tecnócratas decirnos qué debemos usar para enseñar
o cómo, ni a los medios de comunicación les resultará
sencillo desinformar al pueblo o erigirse en árbitros de una
moralidad fundada únicamente en la satisfacción inmediata
de los deseos. Si los maestros comenzásemos a exigir que nuestra
opinión sea tenida en cuenta en todo aquello que tiene que
ver con los conocimientos, el desarrollo de la inteligencia y la transmisión
de nuestra herencia cultural, y si reclamásemos también
para nosotros el derecho profesional que sin duda nos asiste de defender
la inocencia de la niñez y la pureza de la juventud, estaríamos
dando los primeros pasos hacia la ocupación de esos espacios
tan vitales para la sociedad, que hoy sólo miramos desde la
distancia.
El adversario
es muy poderoso; todo lo controla. En sus manos están el dinero,
los medios de comunicación, la ciencia y la tecnología;
domina ejércitos, cielos, mares y caminos. Pero nosotros, los
maestros, tenemos control sobre algo mucho más valioso: el
espíritu indomable de una nueva generación, y para triunfar
sólo tenemos que preservarlo así.
El
Director
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