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A ño III - Número 17 |
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Las
noticias que nos llegan de los EEUU, y que los medios locales reproducen
con entusiasmo y alegría, dan cuenta de un incremento sustancial
en la matrícula universitaria, luego de que el "boom"
de las punto com durante la segunda mitad de los noventa dejara vacías
las aulas tentando a los jóvenes con la posibilidad del enriquecimiento
inmediato fundado en un conocimiento autodidacta de la tecnología. Pero
la bonanza puede no serlo, si se la mira de cerca. La
técnica que las Universidades norteamericanas están
desarrollando consiste en ofrecer cursos más cortos y más
especializados, tal que los candidatos puedan hacerse en poco tiempo
de los diplomas que más les parezca que ayudarán a mejorar
su futuro económico. Un "master en algo" parece
ser, en los tiempos que corren, la puerta infalible hacia un buen
empleo. Y por supuesto, obtener uno en el menor tiempo posible es
la meta de muchos estudiantes. En
un reportaje de la CNN, un joven contador de 25 años, enfrascado
en obtener dos diplomas en menos de 21 meses, comentó: "uno
no quiere perder tiempo cuando podría estar empleado y ganando
dinero". La
aventura vale unos 64.096 dólares, a los que hay que restar
un descuento por un semestre completo gratis, gracias a arreglos de
la Universidad con donantes y patrocinadores. En total, el curso le
cuesta 51,744 dólares, a él y a los 90 compañeros
que acometen este perfeccionamiento profesional. Según el mismo
informe, hay 1700 universidades en los EEUU ofreciendo programas semejantes,
para unos dos millones de alumnos. La
CNN también reporta el caso de una maestra con cinco años
de experiencia en escuelas públicas que encuentra dificultades
para mejorar su posición económica porque -salvo otras
escuelas- los posibles empleadores consideran que el tiempo transcurrido
frente a la clase no es lo que buscan. Un "master"
-piensa ella- tal vez los convenza de contratarla. La
pregunta que todos nos hacemos es: ¿es esto bueno? Nótese
que esta no es la misma pregunta que se hacen los medios, o las propias
universidades. Para ellos, la cuestión pasa por "las
necesidades del mercado", o bien por "el progreso
económico" de los trabajadores. Y si bien es cierto
que un objetivo de cualquier persona educada es asegurarse un buen
pasar, no es seguro que sea el único objetivo; ni siquiera
el primero. Uno
no puede dejar de pensar, cada vez que escucha estas noticias, en
la vocación. Quienes laboramos en escuelas sabemos de los afanes
de todos los educadores por ayudar a sus alumnos a descubrir sus mejores
aptitudes y revelar la habilidad que más los represente como
personas. La vocación es, huelga decirlo, un componente indispensable
de la personalidad y, como tal, ocupa un lugar privilegiado en la
agenda del educador y del educando. ¿Es
razonable, entonces, fomentar un sistema laboral ultra-pragmático,
donde lo que más importa es el salario y no la tarea? ¿Qué
es un cirujano que deja el bisturí para obtener un diploma
en Periodismo a fin de ocupar un puesto vacante y bien remunerado?
¿Qué es un docente que se aleja de las aulas para estudiar
Programación y dedicarse a crear "software" comercial
pseudo-educativo? En otros tiempos, a estas personas se las hubiera
considerado volátiles, inseguras, y en el fondo... fracasadas.
Hoy, en cambio, son el paradigma del "trabajador globalizado". No
es de extrañar, sin embargo, que tanto los gobiernos como los
medios adhieran a estos conceptos extraídos del más
puro neoliberalismo. Como demuestran las cifras, se trata de un negocio
multibillonario, altamente rentable. Pero el rédito es para
quienes facturan los aranceles, no para quienes reciben la instrucción,
porque no hace falta escrutar mucho en la psicología humana
para comprender que, pasada la euforia y el enamoramiento, los supuestos
beneficiarios de tanto "curso veloz" y "master sin
esfuerzo" chocarán contra un muro infranqueable: el de
la propia frustración vocacional. En
estos tiempos de cambio frenético, convendría recordar
a cada instante que algunas cosas -como por ejemplo, la naturaleza
humana- vienen resistiendo embate tras embate desde hace decenas de
miles de años, y no cederán tan fácilmente a
los inspirados deseos de los ambiciosos. Pese
a todo, hay que cerrar este análisis con una nota sombría:
a nadie importa que a la corta o a la larga las masas vean frustradas
sus ilusiones, porque el proceso es lo que importa -no su resolución-
y gracias a él los poderosos aumentarán su riqueza hasta
lo indecible. |
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