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A ño III - Número 16 |
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Muchos
fueron los que se sintieron estafados por esta nueva muestra de manipulación
a la Hollywood. Críticos y público se lanzaron
a denostar lo que consideraron un abuso a la confianza de todos aquellos
que apreciaban el show justamente porque decía mostrar la realidad
sin maquillaje. Pero aunque valiosa, esta indignación popular
sólo refleja la tremenda inocencia y desinformación
de las masas. Al
decir de Rick Stengel, columnista de Time.com, "los noticieros,
como los "reality shows", no van detrás de la realidad
sino de la verosimilitud. No buscan necesariamente la verdad, sino
la apariencia de ella". Y hasta es probable que este último
"necesariamente" pueda ser eliminado por completo de la
frase, y junto con él la sugerencia de que algunas veces -aunque
fueran pocas- la verdad sí es un objetivo para los productores
de programas televisivos. Se
cuenta que cuando los hermanos Lumiere pusieron en pantalla la imagen
de un tren acercándose a la estación, muchos espectadores
saltaron de sus butacas alarmados ante la posibilidad de un atropellamiento.
No pasó mucho tiempo hasta que pioneros como George Melies
se dieron a aprovechar esta ingenuidad para crear técnicas
de trucaje tan ingeniosas que muchas de ellas aún son utilizadas
por los cineastas modernos. Y siempre está presente aquel hito
de 1938: "La Guerra de los Mundos" escenificada por
Orson Welles en la radio norteamericana. Fue
entonces que la periodista Dorothy Thompson, del New York Tribune,
escribió con intuición visionaria: "Orson Welles
(...) nos ha brindado la más fascinante e importante demostración
de todos los tiempos: ha probado que unas pocas voces convincentes
acompañadas por efectos sonoros pueden convencer a las masas
de una proposición totalmente irracional, completamente fantástica,
capaz de crear un pánico nacional". Sin
embargo, y a despecho del peligro que las "proposiciones irracionales"
puedan significar para el destino y la sanidad mental de los pueblos,
otras mentiras más graves siguen siendo derramadas sobre la
gente día tras día, hora tras hora: sutiles deformaciones
de la verdad, ínfimas distorsiones, puntos de vista refinadamente
tendenciosos y, por supuesto, ocultamientos y silencios malintencionados,
todo esto por cuenta y cargo de personas que hacen gala de profesionalismo
y de inagotable "credibilidad", apoyados por toda una batería
de sesudos estudios psicológicos y larga experiencia en el
control de masas a través de la propaganda. En
estos tiempos de hiperabundancia informativa, cuando se apela a los
maestros para crear en las nuevas generaciones un "sentido crítico"
que las inocule contra los medios de comunicación masiva, frecuentemente
se olvida un hecho sencillo: que todos y cada uno de nosotros somos
víctimas de la desinformación, y que nos es virtualmente
imposible dar un paso al costado para analizar cualquier dato, cualquier
noticia, con aunque sea un atisbo de objetividad o certeza. Todo lo
que nos llega ha pasado antes por muchos filtros, cada uno de ellos
con marcados intereses en presentar los hechos a su manera, o ha sido
editado por un director creativo que puede influenciarnos nada más
que cortando unas escenas y dejando otras, o agregando música
de fondo para determinar el carácter de lo que se dice y muestra. Más
aún: los que creemos honestamente ser críticos recurrimos
a preconceptos que fueron instilados en nosotros por alguien tal vez
tan manipulador, o más, que aquel a quien rechazamos. Decimos
obrar en base a convicciones, ¿hasta qué punto son nuestras,
o el producto de algún sagaz lavado de cerebro ejecutado por
los medios, la moral social, o por nuestros mayores en el pasado?
La inmensa mayoría de los judíos tienen padres judíos;
prácticamente todos los católicos vienen de familias
católicas; los liberales, los conservadores y los "progres"
surgen con mayor facilidad en ambientes donde esas ideas son expuestas
favorablemente. ¿No es razonable pensar, entonces, que la cuna
nos condiciona a ser lo que somos y que nuestro libre albedrío
tiene poco que ver en el asunto? Si
estas dudas son posibles, los medios de comunicación tal como
existen hoy en día agudizan el problema y lo multiplican hasta
el infinito. Debieran ser una ventana objetiva hacia el mundo real,
donde se muestre aquello que nuestro círculo de relaciones
y nuestra limitada experiencia o movilidad nos impiden ver y, en cambio,
se han convertido en un malévolo espejismo del mundo verdadero,
teñido por intencionalidades irresponsables y, en muchos casos,
siniestras. El
episodio de "Survivor" es una muestra evidente de
esto. Se critica que trucar las escenas no responde al "realismo"
del show. Cierto, pero ¿cuándo fue real, en primer lugar?
Los participantes no son gordos, ni petisos, ni feos, ni distraídos,
ni responden a la hechura típica de la gente común;
en cambio, son jóvenes, atléticos, bellos, locuaces
y aventureros, como corresponde a un grupo elegido "a dedo"
por productores interesados en la "imagen". Ninguno de ellos
obra como alguien del montón, menos aún con espontaneidad,
aunque sólo sea porque saben que están siendo filmados
a toda hora y que se espera de ellos algún comportamiento especial,
distintivo, que les gane el favor de la audiencia. Las situaciones
a las que se los somete no son, por ejemplo, tener que comprar lechuga
en la verdulería o cobrar un cheque en el banco en "hora-pico",
sino que, por el contrario, deben cruzar en canoa rápidos espumosos
o saltar ciénagas infestadas de serpientes, nada de lo cual
es "real" en el mundo real de los espectadores. Y, por último,
reciben fama, honores y un jugoso premio en efectivo nada más
que por hacer las cosas bien, y eso... a ninguno de nosotros nos suele
pasar. ¿De qué realidad se habla? Y
por si esto fuera poco, la tecnología moderna hace posible
todo tipo de trucajes. Si tras una hecatombe se mezclaran los archivos
y solamente sobrevivieran fragmentos aislados de información,
¿quién podría afirmar que Forrest Gump no
fue recibido por Kennedy? ¿Qué sesudo crítico,
aún con todas las luces de su intelecto prendidas, podría
afirmar que esa escena es falsa en ausencia de dos o tres antecedentes
cruciales? Los
humanos tenemos una tendencia muy definida hacia lo que yo llamo "la
estéril lucha contra los efectos". Abunda la mentira,
se hace utópico distinguirla de la verdad, y con suprema inocencia
nos decimos: "hay que aprender a analizar", en tanto
olvidamos que los mentirosos están abocados con tecnología
y dinero ilimitados a confundir nuestro análisis, y a hacerlo
cada vez más difícil, y hasta imposible. Más
aún, incluso el propio análisis crítico termina
careciendo de sentido y se pierde toda motivación por ejercerlo
cuando el mundo falsamente real de los medios y del arte se vuelve
increíblemente más atractivo y confortable que la tediosa
vida de todos los días. Esto explicaría la rápida
aceptación de programas del estilo de "Survivor"
o "Robinson" como representantes de "lo real",
o la popularidad de ciertas ficciones televisadas -las telenovelas-
donde los actores presumen de reproducir situaciones reales nada más
que porque mezclan las noticias con hechos tenidos por cotidianos.
En el primer caso, lo presentado como real es irreal porque está
preparado de antemano; en el segundo, porque los hechos representados,
si bien son en efecto cotidianos, muy rara vez se dan en la profusión
o con la intensidad con que se los representa. Desde
la posición de los educadores, debería aparecer como
evidente que procurar en los niños la más alta capacidad
analítica es un objetivo que tiene un valor intrínseco
y definido, no algo que debe enseñarse como reacción
a un estímulo temporal o por imperio de las circunstancias.
Tampoco es conveniente entrar en una carrera desenfrenada contra la
dañina influencia de los manipuladores de información,
ya sea porque no es razonable que la Escuela responda a objetivos
impuestos, como porque en semejante carrera, la Educación siempre
llevará las de perder frente a los mensajes demagógicos
y facilistas. La
respuesta educativa a este grave problema, que no sólo compete
a los educadores sino a la sociedad toda, es alcanzar un saneamiento
radical de los medios de comunicación, y hasta del Arte, donde
la ficción sea ficción, y la noticia reflejo objetivo
de los hechos y no otra cosa. Aprender a analizar está bien,
pero la solución de fondo pasa por eliminar la mentira, y punto. |
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