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| Año III - Número 15 |
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Escribe: María Rosa Díaz Profesora de Artes Plásticas, dicta Historia
del Arte, Lectura de la Imagen y Lenguaje de la Historieta. |
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A
lo largo de la historia, en la mitología, la literatura, la
leyenda, el arte, el espejo aparece cubierto de un poder que va más
allá de su propia forma y tamaño. Cualquiera sea su
soporte material (un simple espejo de agua puede ser suficiente),
el espejo encierra en sí todos los secretos y misterios que
la historia humana ha necesitado guardar en él. En
el capítulo "El alma como sombra y como reflejo"(i),
James Frazer dice que los hombres primitivos consideraban a su sombra
en el suelo o su imagen reflejada en el agua o en un espejo, como
su alma, como parte vital de sí mismo y, por lo tanto, algo
peligrosamente vulnerable. Cualquiera que maltratara o quisiera dañar
esa sombra o ese reflejo, haría que el dueño de la misma
lo sufriera. El
"Diccionario de Símbolos", de Juan E. Cirlot,
nos dice que el espejo: es el "órgano de autocontemplación
y reflejo del universo". Asociado con el mito de Narciso,
el cosmos sería "como un inmenso Narciso que se ve
a sí mismo reflejado en la humana conciencia". El
mundo cambia, y ese sentido en parte negativo, se proyecta en el espejo
con sentido caleidoscópico, que aparece y desaparece. Dice
también que "es lunar (como las mujeres) por su condición
reflejante y pasiva; recibe las imágenes, como la luna la luz
del sol". El espejo es también la "puerta
para la disociación", para "pasar al otro
lado" (como el personaje de "Alicia"). Es asimismo
"Símbolo de los gemelos", por la duplicidad
de lo reflejado. Por último, el espejo de mano es el "símbolo
de la verdad", por su fidelidad a reproducir lo que muestra.
La fuerza atractiva que poseen las imágenes reflejadas ha ido
cambiando en el transcurso de la historia de la cultura pero, algo
transformada, todavía perdura. Si pudiéramos alojar en una misma sala todos los ejemplos que, en la historia de la pintura, incluyen la presencia de un espejo, podríamos tener un panorama variopinto de lo que las citadas acepciones mencionan y que los distintos pintores han considerado importante para sus obras. El espejo como imagen de sí Cuando
Freud habló de "narcisismo" estaba trayendo
a nuestra época un mito creado por los antiguos griegos. Cuenta
Ovidio (ii) que Narciso era un joven al que una maldición le
había prohibido mirar su propia imagen reflejada. Su temperamento
caprichoso había hecho que rechazara a muchas mujeres que se
habían prendado de su belleza. Una de ellas, la ninfa Eco,
había sido vengada con la obtención de la citada maldición
para Narciso. Así las cosas, Narciso no había visto
su propia imagen hasta el fatídico momento en que, sentado
a descansar en un claro del bosque, descubre sin querer su reflejo
en un pequeño espejo de agua. Y se enamora loca y perdidamente
de lo que sus ojos ven, con un amor sin esperanzas que sólo
traerá para él sufrimiento y desesperación. Finalmente,
muere tendido junto al lago y, en su lugar, surge la pequeña
flor amarilla que hoy conocemos como narciso o jacinto (Hyakinthos). En
el siglo XVII, el pintor barroco Caravaggio representó a "Narciso".
Imaginó su escena en un ambiente sombrío, con la sola
imagen del joven reclinado sobre su propio reflejo. No hay bosque,
no hay casi verde, no hay tampoco espacio lejano. El tenebrismo que
él mismo inventara produce un conjunto oscuro donde sólo
algunas partes son claramente visibles: el brazo izquierdo del joven
y su rodilla. El resto de la escena debe ser deducido o adivinado.
Incluso su imagen reflejada puede ser percibida por deducción
gracias a lo que conocemos del efecto reflejo y por la simetría.
El fondo oscuro hace que el espectador deba concentrarse casi con
exclusividad en la figura y su reflejo, que forman un todo de carácter
circular einquietante.
"Narciso". Caravaggio. Palacio Barberini. Roma. También
allí existe algo simbólico: la mirada del espectador
puede seguir un recorrido en la forma y en el significado: su rostro,
su brazo que se apoya en la tierra, el reflejo en el lago, el otro
brazo, otra vez su rostro... Es la propia mirada que vuelve, y el
castigo de la muerte por el pecado de enamorarse de sí. Si
bien los términos "castigo" y "pecado"
parecen provenir de la tradición judeo-cristiana, el mito de
Narciso conlleva también una carga moral. Ya en el mito, el
joven es castigado con la maldición que lo conmina a no mirarse
nunca en su reflejo. Pero el error no está tal vez en enamorarse
de la propia imagen. Dice Massimo Cacciari (iii): "Según el sabio (Tiresias) el error
de Narciso no era perseguir una sombra sino querer aprehender y comprenderse
como una imagen, como una imitación perfecta de su idea, como
su icono". Mirarse al espejo no tiene que denotar necesariamente vanidad. Se puede buscar el significado de lo que en él se refleja, la propia imagen o cualquier elemento del mundo que nos rodea, y eso forma parte de las especulaciones más antiguas del hombre. Considerar al espejo como portador de un conocimiento al que se desea acceder, o reflexionar sobre la "verdad" que supuestamente muestra, es la antítesis de inferir que el espejo es generador de engaños, creador de imágenes falsas y, por lo tanto, el símbolo de la banalidad y de lo fatuo. Palabras asociadas como "especular", por ejemplo, nos remiten al ejercicio de pensamiento que se vuelve sobre sí, así como "reflexionar" está relacionada con "reflejo". En la misma pintura de Caravaggio, todas estas palabras aparecen conectadas:
Muchos
pintores (no me aventuro a decir "todos") han indagado sobre
sí mismos observando en sus propios rostros y utilizando un
espejo. El paradigma del pintor autorretratado, Rembrandt, realizó
esta indagación no menos de sesenta veces. Y dado que no aparece
en ellos como una figura ideal, ni siquiera para el ideal de belleza
de su época, no cabe dudar de su interés por el autoconocimiento
que esos retratos implicaban. El mismo Leonardo en su Tratado de
la Pintura, aconseja a los pintores tener siempre cerca de ellos
un espejo, porque aquello que se pinta debe corresponderse con la
imagen que el espejo refleja. Y esto remite a su vez a la idea del
arte como "imitación", como "mimesis",
ya que según la idea de Sócrates, el espejo era el "gran
maestro", capaz de crearlo todo. Bastaba con tomar un espejo
y presentarlo por todos lados (iv). En la orilla opuesta, Platón
ve al espejo como el gran engañador, ya que lo que el espejo
produce son simples fenómenos, no seres conforme a la verdad.
El espejo es el gran seductor, porque nos hace creer que lo que nos
muestra es la verdad cuando, en realidad, sólo es su
reflejo; como en el mito de la caverna, donde las imágenes
que los hombres ven son sólo las sombras de los objetos verdaderos.
Espejo como símbolo de "verdad". La vanidad humana Mirando
su reflejo en el espejo está también la sensual Venus
de Velázquez, (Venus del espejo). La Afrodita de los
griegos, diosa del amor y la belleza, se muestra de espaldas en toda
su desnudez. Frente a ella, un Cupido regordete sostiene un espejo
en el que, supuestamente, Venus debería ver su rostro reflejado.
Aquí, sin embargo, Velázquez no emplea con rigor la
técnica apropiada para un exacto reflejo, ya que por la inclinación
del espejo deberíamos ver la parte frontal de la figura. Pero
el rostro desdibujado de Venus, se aviene adecuadamente a la idea
del espejo como símbolo de la verdad, a pesar de la aparente
contradicción. Esta idea, asociada iconográficamente
a la de la "vanitas", fue representada muchas veces a lo
largo de la Historia del Arte y el espejo -en esos casos- es el atributo
de la figura que recibe de él la imagen de una verdad cruda
y a la vez cruel: no todo lo que devuelve es agradable como esperamos.
El espejo se transforma en un referente implacable que nos recuerda
que la belleza y la juventud son sólo eso: vanidad. El accesorio
erótico está transformado en portador de un despiadado
mensaje. Estos espejos que parecen engañar son, en realidad,
los que verdaderamente nos muestran la verdad, afirman la vanidad
y las miserias de las criaturas.
"Venus del espejo". Diego Velásquez. National Gallery. Londres. La
tradición iconográfica ha utilizado muchas veces la
representación de la figura femenina que se observa en el espejo
como símbolo del pecado original. Werner Hofmann (v) nos cuenta
que en el arte simbolista del siglo XIX, se emplea muchas veces el
espejo: "Eva cae en la tentación de la vanidad seducida
por su propia imagen". El pintor alemán Max Klinger
también establece una relación directa entre el pecado
original y la vivencia del espejo. Así como otro simbolista,
Dante Gabriel Rossetti, ha interpretado el motivo de la mujer que
se contempla en el espejo como una metáfora de una "experiencia
funesta de sí misma" (vi). La
idea del pecado al que está asociada la vanidad humana, también
apela al concepto de "arrepentimiento". El historiador del
arte, Émile Mâle (vii), encuentra
una relación directa entre las obras de arte y el flujo de
ideas de la cultura europea. Mâle plantea que, como consecuencia
del Concilio de Trento (viii), se produce una enorme modificación
en la interpretación de temas tradicionales y se introduce
una amplia gama de temas nuevos. El tema del "arrepentimiento"
del creyente era una de las cuestiones más discutidas entre
la Iglesia de la Reforma y la de la Contrarreforma. Por lo tanto,
en el arte pictórico especialmente, algunos personajes de género
religioso sirvieron de manera particular a los fines expresivos que
el momento reclamaba. Dos de los personajes más representativos
de estos especiales significados fueron San Pedro, y su arrepentimiento
por haber negado tres veces a Jesús, y María Magdalena,
la pecadora también arrepentida. El
pintor francés Georges de la Tour, heredero en sus comienzos
del estilo de Caravaggio, es uno de los que toma para sus cuadros
el mencionado tema. También él representa el "Arrepentimiento
de Pedro" así como una serie de Magdalenas penitentes.
La más famosa de ellas, conocida como la "Magdalena
de las dos llamas", es la que vamos a incluir en nuestro
análisis. Como
en tantos cuadros de Georges de la Tour, la escena se sitúa
en un interior donde la fuente de luz es una vela, ubicada dentro
de la misma escena. A diferencia de Caravaggio -cuya iluminación
tenebrista reconoce una fuente de luz natural (recuérdese,
por ejemplo, la "Vocación de San Mateo" donde
la luz entra por una ventana)- los ambientes que crea de la Tour están
impregnados de una penumbra llena de misticismo. En lugar del realismo
crudo que asalta al espectador, la escena sumerge al contemplador
en un ambiente silencioso, quieto, el adecuado para la reflexión
y la meditación. La figura de Magdalena, lejos de la sensualidad
que suele investirla, es casi estatuaria. Los volúmenes son
netos, puros, y recuerdan la dignidad de las figuras de Piero della
Francesca. Ajeno
al frenesí de las imágenes barrocas, tanto en pintura
como en escultura, la obra de de la Tour se muestra clásica
y serena. En lugar de alejarse del cuerpo, sus gestos se recogen sobre
sí. La mirada del espectador es llevada, por el rostro y la
mirada de Magdalena, hacia la protagonista de la escena: la vela y
su reflejo, como imagen de Dios. Nos dice Erwin Panofsky con relación
a la vela encendida (ix) que es el símbolo de Cristo omnividente;
es decir, el que todo lo ve.
"Magdalena penitente". Georges de la Tour. La mirada de Magdalena no se dirige a su propia imagen, ya que ésta no aparece en la superficie reflectante. Su mirada se posa en la luz. El espejo juega aquí un doble rol: por una parte, por su marco lujosamente decorado, recuerda el pasado pecador de Magdalena: la que comerciaba con su cuerpo y hacía gala de pasajera hermosura, seguramente vería con frecuencia su imagen reflejada en él. Pero ése mismo espejo es también el que muestra la verdad. Para Magdalena la verdad que ella ahora observa es la Verdad de Dios, que la llama simboliza y cuyo reflejo también vemos. El espejo como imagen
de la visión de Dios. Espejos esféricos "El matrimonio Arnolfini", Jan van Eyck. National Gallery. Londres. En el siglo XV, el gran maestro de la escuela flamenca, Jan van Eyck, realizó una de las obras más admiradas del arte occidental: "El matrimonio de los Arnolfini". Los pintores flamencos -y particularmente Jan van Eyck- se caracterizaron por una búsqueda minuciosa de la perfección realista. Pero cuanto mayor era el realismo que alcanzaban, tanto más grande era la carga de significados de los elementos representados. Panofsky (x) llama "simbolismo disfrazado" a esa necesidad de saturar todos y cada uno de los elementos con significados, cuando más se recreaban los pintores en la representación y el descubrimiento del mundo visible. El cuadro del matrimonio Arnolfini es uno de los mejores ejemplos. Entre
el universo de elementos simbólicamente disfrazados, se destaca
el espejo. Se encuentra en el centro de la habitación,
sobre la pared frontal, y en medio de la pareja cuyo matrimonio el
cuadro celebra. Y la palabra "celebra" no es aquí
inadecuada. Si bien se representan los retratos de ambos contrayentes,
la obra, encargada por el mismo Arnolfini, un agudo financista de
Lucca establecido en Brujas, es -al mismo tiempo- una composición
religiosa. Los objetos que rodean a la pareja, la disposición
de los mismos, el lugar en donde la escena se desarrolla, todo se
halla en función de una simbología destinada a exaltar
la sacralidad del matrimonio. El espejo juega un rol central en esa
simbología. Es de forma circular y el marco, muy trabajado,
está adornado con diez pequeñas escenas de la Pasión.
Su superficie perfectamente pulida (speculum sine macula) simboliza
la pureza de la Virgen María, esperada también de la
futura esposa. Pero lo más significativo de este espejo es
la intención de mostrar en él el espacio más
allá de los límites del plano del cuadro. Su superficie
convexa es una impresionante miniatura que muestra todo lo que se
encuentra detrás del observador. En especial, dos personajes
que aparecen pintados que son, además, los testigos de la solemne
aunque íntima ceremonia. Uno de esos personajes es el mismo
Jan van Eyck, quien corrobora su presencia con una firma sobre la
pared, encima del mismo espejo, y que reza "Jan van Eyck estaba
allí", además de la fecha. El espejo se transforma entonces en uno de los elementos más cargados de significado de la obra: símbolo de la pureza mariana, por ser un espejo sin mancha, testigo de la celebración matrimonial, porque muestra a los testigos de la ceremonia, y también la "imagen de la visión ubicua de Dios", por la capacidad de restituir la totalidad del espacio ambiente a causa de su convexidad. Ese mismo concepto del "espejo como visión de Dios" aparece en muchos otros ejemplos en la pintura del norte de Europa, aún en siglos posteriores. En 1514 otro pintor flamenco, Quentin Metsys, realiza otra obra maestra, "El cambista y su mujer", donde la inclusión del espejo convexo en primer plano con su maravilloso efecto de ampliar el espacio, se transforma en cita y homenaje al maestro van Eyck. El espejo como ambigüedad Nuestro recorrido vuelve al pintor español Diego Velázquez y al siglo XVII. Es nuevamente el pintor de la corte de Felipe IV el que incluye un espejo en otra de sus obras. Se trata de una de las pinturas más admiradas, estudiadas y recreadas (xi) de la historia del arte occidental:
"Las meninas". Diego Velásquez. Museo del Prado. "Las
meninas" fue pintada en 1656. La obra muestra una escena
de palacio, captada de manera supuestamente espontánea, donde
la pequeña infanta Margarita irrumpe en el lugar de trabajo
del pintor acompañada de dos meninas (sus damas de honor) y
otros personajes. Sobre el costado izquierdo del cuadro puede observarse
con claridad el borde de la tela en la que el pintor trabaja, y también
su autorretrato. Muchos consideran a esta obra como una síntesis
del arte de pintar, y lo cierto es que Velásquez aplica en
ella todos los elementos de su arte ya maduro. Entre estos elementos
se destaca el uso magistral de la perspectiva y el empleo de los distintos
planos de luz para subrayarla. En la pared del fondo de la estancia,
en un espejo, aparecen reflejados los rostros de la pareja real: Felipe
IV y Mariana de Austria. Puede suponerse que era a ellos que el pintor
estaba retratando cuando su tarea se vio interrumpida por la infanta
y su grupo. El rectángulo del espejo, extrañamente iluminado,
parece investirlos de una cierta sacralidad. También aquí
el pintor rompe con la idea imperante desde el Renacimiento italiano
(especialmente con Leonardo) de que el cuadro es como una "ventana
abierta al mundo". El espacio se amplía hasta detrás
mismo del observador. ¿Cuál es ahora el punto ideal
de observación? ¿Puede el espectador ubicarse en el
lugar de la pareja real para contemplar la escena? ¿Era ése
el aspecto verdadero que tenían los monarcas? Algunas veces
en la sala donde se exhibe la obra es colocado delante un espejo auténtico.
De esta manera, el reflejo producido en el espejo devolvería
a la pareja de reyes su verdadero aspecto. Porque, no lo olvidemos,
el espejo nos devuelve la imagen de nuestro rostro, pero invertida.
De manera que la idea que tenemos acerca de nuestros rasgos, es bastante
distinta a la que los demás observan en nosotros. Pero hay
otras hipótesis sobre las figuras reflejadas en el cuadro de
Velázquez: los reflejos de los reyes en el espejo podrían
provenir tanto desde la pareja ubicada fuera del cuadro (y de la escena)
como del lienzo que el pintor está pintando (xii). Según
este punto de vista, las leyes de la reflexión dicen que, si
el espectador está ubicado a la derecha del espejo, la imagen
reflejada debería proceder de un objeto situado más
hacia la izquierda; es decir, del lienzo. Esta sería la manera
encontrada por Velázquez para develar el tema de su cuadro,
que de otra forma permanece oculto. Este
singular espejo de las Meninas es quizá uno de los más
ambiguos. A diferencia de los espejos del arte flamenco (Jan van Eyck,
Quentin Metsys), no hay aquí prodigios ópticos donde,
además de exhibir el talento del artista, el espectador ve
ampliado espectacularmente el mundo visible dentro del cuadro con
una multiplicación de elementos para apreciar. Dada la ubicación
del espejo en el fondo de la estancia, la oscuridad de esa pared frontal
y la pincelada abierta de Velázquez que nos priva de numerosos
detalles, es bastante fácil confundirlo con otro de los cuadros
que aparecen en la misma pared. Solamente la rara luz que ilumina
a sus majestades hace que se diferencie de la penumbra general (si
se excluye la puerta abierta), y agrega -como ya mencionamos- un aire
casi divino a sus figuras. Nuestro
universo simbólico está inundado de imágenes,
pero también de reflejos y de sombras. ¿Es más
verdadera para nosotros esa imagen que vemos, que la que los demás
nos devuelven? Cuando nos miramos en los espejos, ¿vemos lo
que realmente somos o vemos lo que creemos ser? ¿Es verdadera
esa imagen, como decía Sócrates, o es sólo un
engaño, como pensaba Platón? ¿Es importante la
imagen que los demás tienen de nosotros? Al construir nuestra
identidad, ¿la hacemos mirándonos realmente como somos?
¿O nos vemos sólo cuando miramos hacia adentro, más
allá de los espejos y de las miradas de los otros? La misma
ambigüedad de los espejos los transforma: pueden ser amistosos
si se trata de nuestros espejos familiares, pero cargado de peligros
o de amenazas si son nuevos, si no estamos acostumbrados a ellos,
como cuando nos miramos por primera vez en un espejo ajeno. Seductores,
misteriosos, intimidantes; buscados o rechazados, aceptados o negados,
misteriosos, mágicos, dotados de poderes, poseedores de la
verdad, o del engaño, raptores del alma... El espejo siempre
aparecerá cargado de significados, y si queremos aprehender
aquello que estamos viendo, como Narciso, nos encontraremos con una
superficie que nos rechaza, o con una imagen que se desvanece como
una sombra. Quizá por eso el magnetismo de este objeto que,
a la vez, atrae y repele. Por eso tal vez fantaseemos alguna vez con
traspasar sus límites y sumergirnos en ese mundo paralelo.
Narciso fracasó, pero Alicia pudo lograrlo. Bibliografía consultada:
Referencias: (i) James Frazer: "La rama dorada". |
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