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A ño III - Número 15 |
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El
reciente asesinato de un representante local de negocios e intereses
que con mucha buena voluntad podrían calificarse de "dudosos"
en la ciudad balnearia de Cariló, en la Provincia de Buenos
Aires, nos pone una vez más frente a la sórdida realidad
de vivir en un país mafioso. Todos
los argentinos lo saben: la corrupción rampante y la falta
absoluta de justicia han llevado a este país a los más
altos sitiales en la lista de naciones "poco confiables".
Incluso sería razonable disputar el puesto que nos ha tocado
y pretender calificaciones más altas todavía, porque
suponemos que quienes hacen estos estudios sólo miran la corrupción
institucional y empresaria, y no se ocupan demasiado de la de todos
los días, que es tanto o mas grave que aquellas. La
Administración De la Rúa, que llegó al poder
hace poco más de un año proclamando la inminencia de
una purificación profunda, ha demostrado ser mucho más
que impotente ante el flagelo. No sólo no toca ni amenaza a
los responsables -tan notorios que hasta los niños de escuela
pueden señalarlos- sino que, además, protege y apaña
a toda una cohorte de bandidos que día a día asuelan
a la Nación. En
semejante contexto, el cotidiano sometimiento al accionar mafioso
destruye sin piedad la esperanza de un pueblo tan castigado que parece
inerme. En Miramar, una niña muere y la policía apaña
al criminal. Las autoridades remueven a los agentes del orden y la
ciudad entera -ilusamente libre de presiones- comienza a revelar el
sometimiento pasado: zonas "liberadas" para que los sicarios
policiales roben a su gusto; oficiales de turno que recomiendan a
las víctimas no efectuar denuncias; comisarios que se burlan
en cámara de los vecinos indignados mientras reclaman justicia...
La que diez años atrás fuera "ciudad de los niños"
hoy es terreno de la cosa nostra. En
la propia Capital Federal, numerosos grupos de jóvenes inundan
las calles apenas cae el sol y se emborrachan hasta la inconsciencia
en las aceras. Estacionan sus automóviles y atronan con música
hasta la madrugada, molestando a vecinos y transeúntes. En
la ciudad no está prohibido beber en la vía pública,
pero sí embriagarse y perturbar el orden, y por eso -muy ocasionalmente-
un patrullero policial labra algunas actas y luego, como si nada,
envía a los infractores a sus hogares intimándolos ¡a
que aborden sus vehículos! Los porteños nos preguntamos,
entonces, qué conviene más: ¿alborotadores nocturnos...
o conductores alcoholizados? Pero, por supuesto, la mafia policial
no se hace estas preguntas: está más interesada en sostener
el comercio nocturno de licores y en cobrar los favores a sus responsables. ¿Corrupción?
Hay mil formas de ella. A veces pareciera que la que llega a las tapas
de los periódicos es la única que vale mencionar, pero
cuando vivimos inmersos en infinitos actos venales también
perdemos la perspectiva y la gran corrupción termina por sernos
indiferente. Para
un educador esto es muy triste, y más triste aún cuando
ve en el aula cómo sus alumnos, sobre todo los más pequeños,
aceptan la realidad como imposible de cambiar. Por cierto, no somos
pocos los que hemos debido enfrentar con muy escasas armas a tantos
estudiantes que nos enrostraban el tratar de inculcarles valores "antiguos"
o "inaplicables", cuando no nos llamaban directamente hipócritas.
Si todos son corruptos, ¿por qué suponer que los maestros
no lo somos también? Educar
en valores en una sociedad como la nuestra es virtualmente imposible.
Ante los ojos inexpertos de un joven sólo podemos ser una de
dos cosas: o deshonestos como el resto, o estúpidos por no
aprovechar las oportunidades. Resulta increíble que alguien
sea recto en un mundo donde todo está torcido, y por eso todos
nos hemos vuelto sospechosos. Podemos
-y de hecho logramos- transmitir alguna que otra pauta de rectitud
a nuestros alumnos; ciertamente no todas las manzanas se nos pudren,
pero eso sí: casi ninguno de nuestros estudiantes sale de la
escuela con el corazón lleno de optimismo en el futuro y confiado
en que el bien prevalecerá. Y cuando el milagro sucede, ¿quién
puede evitar pensar que ha criado un ingenuo cuyo destino es romperse
las narices contra la realidad a los dos pasos? Es
hora -creo yo- de decir ¡basta! del modo más enérgico.
Es hora de reclamar sin descanso pudor y decencia a nuestros funcionarios,
a los políticos, a las autoridades, a los empresarios. Es hora
de ejercer todos los derechos que nos quedan antes de que no nos quede
ninguno y no podamos siquiera peticionar, porque el actual estado
de cosas ya corrompe malvadamente la inocencia de nuestros niños
y su esperanza en un mundo mejor, y esa, de todas, es la peor corrupción
imaginable. |
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