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| Número 10 - Agosto 2000 |
El
Desarrollo Afectivo
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| Personalidad y Sexo "... Gran parte de los pensamientos y sentimientos del niño respecto de sí mismo nunca encuentran expresión. Le agrada su nombre antes de poder pronunciarlo. Difícilmente podría concebir su propia existencia si careciera de nombre. En el comienzo fue su nombre. Lo oye con tanta frecuencia que, finalmente, lo identifica consigo mismo. Paso a paso, interpreta otros nombres y hace distinciones de importancia entre nombres de primera, de segunda y de tercera persona, y entre nominativo y acusativo" Las primeras diferenciaciones tienen que ver con el yo y el no yo. Pero muy temprano, el niño debe enfrentarse también con las distinciones de sexo: a la edad de dos años distingue varones de mujeres por las ropas, los sombreros y el cabello. Poco después, percibe diferencias físicas más fundamentales. Todo eso le ayuda a comprender qué es él. Sus primeros intereses por el sexo no son, de ninguna manera, puramente sexuales: son parte de una curiosidad muy amplia que comprende a todo el medio que le rodea. No puede orientarse, sólo hacer ciertas observaciones e inferencias elementales relativas a mamitas y papitos, a varones y niños, a animales y personas, a hombres y mujeres. De gran significación psicológica es su gradual comprensión de que posee un ser histórico al tiempo que un ser presente. ¡Él fue alguna vez un bebé! Una pequeña vuelta a esa primera infancia mediante preguntas o mediante la reconstrucción dramática ayuda a conferir una nueva dimensión a su ser en expansión. A los cuatro o seis años, su interés se extiende al árbol familiar del cual él mismo ha surgido y pregunta, entones, sobre su relación con los padres, los abuelos y los bisabuelos. A los siete años, observando cómo su hermano recién nacido toma el pecho, pregunta con asombro: "¿También yo hice eso? ¿Y tú también mamá? ¿Y papá también?" Se halla preso de la agonía de asimilar un hecho de tremenda importancia. Sus preguntas revelan cuán estrechamente ligado está el desarrollo de la personalidad al fenómeno del sexo. "¿Eres una niña o un niño?" Esta es una pregunta que Binet hizo famosa. Uno la plantea a una criatura de alrededor de tres años. Por lo general, la respuesta es correcta, aunque algunos responden en términos de enfática negativa: "¡No soy una niña!" o "¡No soy un niño!" (según sea el uso). Una vez hecha una discriminación intelectual correcta en cuanto al sexo, el niño necesita aún años para definir y establecer su papel adecuado como varón o mujer. Nada se sigue automáticamente. Algunos autores llegan a sostener que es la cultura la que impone este papel. En realidad, cada vez más se plantea el interrogante con respecto a si somos nosotros quienes creamos las diferencias entre los sexos a raíz de nuestras expectativas o si la sociedad, con sus expectativas, se limita a reforzar las diferencias innatas. Nuestra propia experiencia en este último medio siglo nos lleva a creer firmemente que la sociedad refuerza, pero no crea las diferencias que, por lo general, vemos (o esperamos ver) en la conducta de varones y niñas. Nuestros estudios indican que existen diferencias de predisposición temperamental, de comportamiento psicomotor y de ritmo evolutivo, que son de naturaleza intrínseca. Quizás las diferencias no sean grandes, pero pueden ser decisivas y permiten dudar de cualquier hipótesis que haga derivar las diferencias sexuales en la personalidad de factores exclusivamente ambientales o culturales. Sin embargo, el niño debe hallar activamente su papel sexual y adaptarse a él por sí mismo, lo que tampoco es cosa sencilla, pues cada individuo de cada sexo posee una dotación distintiva de innumerables cualidades de masculinidad y feminidad. El niño de dos años comienza a identificar su propio sexo haciendo distinciones elementales basadas en el vestido, el cabello y, posiblemente, la voz. Unos pocos meses después, se le nota interesado en las diferencias entre varones y mujeres en cuanto al modo de orinar. Más tarde aún, cada sexo puede imitar al otro, en un esfuerzo por comprender esta diferencia, y muchas otras. Colocado frente a dos alternativas opuestas, un niño de corta edad tiende a probar ambas cuando no se halla del todo familiarizado con la conducta en cuestión. Así, durante los años preescolares formativos, antes de que se consolide el llamado papel sexual, el niño se desplaza con suficiente facilidad de un papel sexual al otro. El cuerpo docente de nuestra unidad de orientación se entretiene con frecuencia viendo cómo el rincón doméstico se ve ocupado por los varones dominantes, de dos y medio a tres años. Este rincón está provisto exclusivamente de muñecas, camas, escobas, tablas de planchar y artefactos de limpieza en general, y son los varones quienes llevan a cabo las tareas de mantenimiento de la casa, incluyendo el lavado de la ropa. El problema de los padres consiste en ayudar al niño, ya sea varón o mujer, a hallar su papel dentro de este marco familiar más amplio. El niño necesita orientación durante todo el camino. Los padres piensan, a veces, que esperarán hasta que el niño pueda comprender y le contarán entonces toda la historia del sexo, de las diferencias sexuales y de la reproducción. Pero nunca las cosas son tan sencillas y definitivas. Las preguntas sobre las diferencias sexuales, los bebés y el matrimonio comienzan antes de los cuatro años de edad. El niño de cuatro puede preguntar cómo llegó a la familia un bebé determinado. Quizás no acepte una información demasiado realista. Acaso piense que el bebé nace, realmente, por el ombligo. O quizás prefiera creer que ha sido comprado. A los cinco años, su curiosidad es menos intensa que a los seis. A los seis, sus preguntas se hacen más específicas y puede demostrar algún interés por la mecánica del ayuntamiento de los animales. Sobre todo a los cuatro y a los seis años, los niños suelen tratar de satisfacer su curiosidad mediante el juego sexual. A los siete años, estos intereses se expresan menos abiertamente; pero el niño reflexiona y cavila sobre las relaciones sexuales, como lo hace sobre muchos otros aspectos de la vida. Si ha oído hablar de "semillas", piensa en una o dos semillas. A los ocho años, su interés por la función del padre en la procreación adquiere mayor realismo. Tiene mayor conciencia de las relaciones maritales entre su padre y su madre y tal vez sea más susceptible a una reacción de celos. A los nueve y a los diez años siente, naturalmente, una identificación cada vez más profunda con su familia. La pone de manifiesto, paradójicamente, mediante tendencias al alejamiento y mediante un exaltado sentido de vergüenza ante cualquier defecto que sorprende en su familia y en todo el ambiente doméstico. En esta instancia es trágicamente sensible a los desacuerdos y antagonismos entre la madre y el padre. El período entre los cinco y los diez años no es un período sexual durmiente o latente, como alguien sostuvo. Es un período de progresiva organización. Incesantes elaboraciones de las actitudes sexuales y personales están consolidado los fundamentos para los desarrollos más agudos de la pubertad. Durante este período precrítico, la educación debiera consistir en una orientación progresiva. La información debe impartirse -y también retenerse- hábilmente, graduándola para adaptarla a la ocasión y a la madurez del niño. La misma historia habrá de ser contada una y otra vez en diferentes versiones. Algunos hechos deben darse a conocer en seguida, como salvaguardia contra la información errónea. La meta principal, sin embargo, deber ser la conservación de la confianza fácil y mutua entre madre e hijo, entre padre e hijo. Si se descubre alguna exploración sexual o alguna aventura de nudismo, el padre o la madre debieran -dentro de lo posible- racionalizarla con calma, tanto en su mente como en la del niño. Los dos extremos a evitar son la excesiva protección en forma de silencios y evasivas y la extremada confianza en la información excesivamente abierta. Existen enormes diferencias individuales con respecto a la intensidad de las características sexuales entre los adultos, al igual que entre los niños (Sheldon, por ejemplo, afirma que el temperamento viscerotónico "ambiciona notablemente el afecto exterior cotidiano de los miembros de su familia"). Los niños inteligentes, realistas, que no se confinan en sus casas, quieren y captan muy temprano numerosos hechos. Otros niños son tan lentos o ingenuos que debe proporcionárseles la información por dosis, con muchas repeticiones, y aún, a veces, con algo de aguijoneo. Algunos niños, por otra parte, asimilan mejor haciendo sus propias deducciones a partir de un conocimiento realista de la reproducción en los animales. Unos pocos niños de ambos sexos parecen ciegos ante las implicaciones del sexo hasta una edad relativamente avanzada. Los varones se inclinan más a obtener "información" sexual de fuentes no parentales. Son más activos y persistentes en el juego y la exploración experimentales. Traen a su casa historias que han oído, "malas palabras" que han aprendido. Piden explicaciones específicas y los padres pueden prestarles un señalado servicio ayudándoles a desarrollar un vocabulario adecuado. Comparando a los varones y a las mujeres como grupo, por lo general, éstas muestran por el sexo un interés más precoz que los varones. Sus preguntas son más generales y dependen menos del estímulo de la información recibida de otros niños. Las preguntas no parecen provenir de una curiosidad más integrada. Es evidente, entonces, que la adquisición de un sentido maduro de sí mismo es un proceso sumamente intrincado, en el cual la esfera del sexo figura de manera importante pero no omnipotente. Cuanto más joven es el niño, menos desarrollada su individualidad, aunque pueda ser vigorosa su autoafirmación. A medida que aumentan la edad y la experiencia social, esta personalidad se hace menos superficial, crece en profundidad, consolida el pasado, orienta el futuro. La percepción que el niño posee de sí mismo se amplía a medida que se profundiza la percepción de los demás. Adquiere gradualmente un sentido de jerarquía. Siente su superioridad sobre su hermanita, pero cede ante un niño mayor. A los seis años, se le ha oído decir: "Espero que en la escuela no me hagan hacer cosas de bebé". A los diez es tanta su conciencia de las normas, que es capaz de desarrollar el culto a los héroes. Comienza a usar la palabra "persona" en una forma totalmente nueva. La palabra viene a representar un concepto nuevo, una nueva relación consigo mismo y con los demás. Puede, incluso, preguntar: "¿Soy el tipo de persona que podría… o que debiera…?" Un niño poco articulado no plantea esta pregunta, pero la formula virtualmente en numerosas formas a medida que debe afrontar las situaciones de su vida. Su creciente interés por el futuro lejano indica que un impulso irresistible de crecer forma parte de su ser permanente. Uno de los principales cambios culturales que hemos observado en los últimos veinte años es el creciente interés de cierta parte de la sociedad por el sentido que tiene de sí mismo el niño pequeño y por sus sentimientos acerca del yo. En una época no muy lejana, la principal preocupación de los adultos radicaba en la conducta del niño: que se comportara de modo tal que hiciera honor a sí mismo y a su familia. En la actualidad el interés del adulto guarda, tal vez, menor relación con lo que niño hace que con lo que siente por lo que hace. Este interés se extiende, sobre todo, hacia aquellos niños que pudieran ser pobres o diferentes en un grado tal como para causarles inquietud y minar su amor propio. Como sociedad, nos estamos volviendo cada vez más compasivos y más interesados en el prójimo. La Masturbación "Si el sexo es sucio en el cuarto
de los niños ¿Es patológica la masturbación? No, lejos de ser malsana -en el niño o en el adolescente-, constituye una etapa pasajera y normal de la evolución de la sexualidad. El niño se toca para descubrir las cualidades sensoriales de sus genitales y los jóvenes se masturban para eliminar la tensión normal que provoca un cuerpo sano y apto para el sexo al que se le niega la posibilidad de ejercer su sexualidad con una pareja. Dice el Dr. André Berge: "La sexualidad infantil se vuelve anormal cuando es desproporcionada y ocupa un lugar demasiado importante. Realmente, no existe una verdadera patología en el sentido que habitualmente se da a esta palabra; pero si el niño, por ejemplo, se chupa la mano o se masturba con demasiada frecuencia, está traduciendo una angustia y esta angustia es la que, llegado el caso, habrá de orientar el médico". Si sorprende a su hijo/hija ¡por favor no lo reprenda! No lo acuse de ser un "cochino" ni lo asuste con, "¡te lo voy a cortar!", porque les provocará una angustia tremenda. Simplemente "hága la vista gorda". Si la masturbación es muy frecuente, entonces atiéndala como a un síntoma de ansiedad o angustia en el niño, pero jamás como a un síntoma de perversión sexual. Los niños se tocan por placer, por aburrimiento o para eliminar tensión emocional. Sólo el abuso de la masturbación o ya en la adolescencia, el aislamiento social -el temor o la incapacidad para relacionarse afectivamente con una pareja-, serán motivo de preocupación. El Complejo de Edipo "… Y entonces Noé subió
al arca a todas las parejas de animales: al jirafo y El psicoanálisis explica que los niños se sienten atraídos y están fuertemente ligados al progenitor del sexo opuesto; sin embargo, al descubrir que la madre es la pareja del padre -y viceversa- y percatase de que "el rival"es más grande y poderoso que ellos, inconscientemente, renunciarán al amor del padre del sexo opuesto, y al mismo tiempo, aceptarán como modelo al padre del mismo sexo y se identificarán con él. Inconscientemente el niño razonará así: "como no puedo competir contra él, mejor voy a crecer y me voy a parecer a él y cuando sea grande me va a querer una mujer como mi madre", y las niñas harán lo mismo, con respecto a su padre. Al hecho psicológico de renunciar al amor de los padres y decidirse a crecer emocionalmente y formar una familia propia, los psicoanalistas lo llaman "resolver el Complejo de Edipo". "Ahora que los hijos educan
a los padres, Sin embargo, no todos los niños logran resolverlo positivamente: muchos niños y hombres tendrán una dependencia emocional patológica de sus padres y no podrán amar a nadie más. ¿Por qué ocurre esto? La respuesta está en el tipo de relación emocional que sostienen padres e hijos. El psicoanálisis establece dos tipos básicos:
La identificación Sexual La identificación sexual, es decir, aceptar o rechazar el sexo biológica y culturalmente que le corresponde al niño, es un proceso que inquieta y provoca el más vivo interés en los padres de familia; de hecho, la pregunta es: ¿Cómo evitar la homosexualidad? La respuesta será breve. A lo largo de dieciocho años de experiencia clínica, de leer todo lo que he podido sobre el tema y consultar a connotados expertos en sexualidad humana, no he encontrado una respuesta definitiva o tajante a esta cuestión; sin embargo, algunas cosas están claras. Para algunos especialistas se trata básicamente de un problema biológico u orgánico relacionado con la naturaleza de las secreciones hormonales (por ejemplo, tratamientos hormonales administrados a la madre durante la gestación). Para otros, se trata de problemas afectivos relacionados con la identificación o el deseo frustrado de ser como el progenitor del mismo sexo. Lo que he podido sacar en claro con respecto a los factores que afectan la identificación sexual en lo siguiente:
Cuando papá y mamá se aman y respetan, y aman y respetan a sus hijos, ellos se identificarán sin ningún problema. Si la madre es soltera o viuda, el niño se identificará con un tío, con el abuelo o con la pareja de su madre. Sin embargo, si la madre no respeta a ninguna figura del sexo opuesto, su hijo tendrá problemas para identificarse con la imagen devaluada del sexo masculino que su madre proyecta. Lo mismo ocurrirá con las niñas. En cambio, si nuestros modelos son respetados, y además nos aman y procuran, lo más natural será crecer y ser como ellos. Esto lo entendí claramente un día que cogí a mi hijo de la mano y lo llevé al beisbol. Después de seis entradas muy aburridas, mi hijo me miró y preguntó: "Papá, ¿por qué me trajiste al beisbol?" Y yo, sin pensarlo, respondí: "¡Es que a mí me traía tu abuelo!" En tiempos bíblicos, la identificación de los hijos con sus padres era tan grande que a los hombres les costaba trabajo saber quiénes eran en realidad. A pesar de todo, algunos padres amorosos y responsables tendrán hijos homosexuales o hijas lesbianas. Si esto ocurriera y al llegar a la adolescencia alguno de sus hijos se definiera como homosexual, no hay nada, que yo sepa, que usted pueda hacer al respecto, excepto aceptarlos, comprenderlos y amarlos. Adolescencia, Genitalidad y Embarazo La Organización Mundial de la Salud (OMS), proporciona un dato impresionante con respecto a la acelaración creciente con la aparece el llamado momento de máximo crecimiento en hombres y mujeres. Esto se refiere al momento en que aparecen los caracteres sexuales secundarios y se inicia la pubertad -de pubescere, cubrirse de vello-. De acuerdo a la OMS, este momento aparece cada vez más precozmente y se ha acelerado su aparición a un ritmo de nueve meses por generación desde los últimos doscientos años. Esto significa que hace doscientos años la pubertad se iniciaba, en promedio, a los quince años y ahora se inicia, en promedio, a los doce años en el caso de las niñas. La aparición precoz de la sexualidad genital está provocando un grave problema de salud pública a nivel mundial, problema que se l lama embarazo adolescente. Anualmente, millones de jovencitas -entre doce y dieciséis años de edad- quedan embarazadas y sus embarazos provocan una secuela terrible de dolor, frustración, abortos, niños no deseados y enfermedades transmisibles. ¿Qué medidas podemos adoptar los padres para evitar estos graves problemas?
Está claro que no sólo los hijos tienen que superar el complejo de Edipo. Los primeros que lo tenemos que superar somos los padres y entender, claramente, la diferencia que hay entre un padre o una madre responsables y un padre lleno de conflictos emocionales, que se comporta peor que un marido celoso y que, descaradamente, arruina la vida de sus hijos. Bibliografía
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