![]() ![]() ![]() |
| Número 6 - Abril 2000 |
John Locke nació cerca de Bristol, Inglaterra, un 29 de Agosto de 1632. Se educó en la Westminster School y en la Christ Church de Oxford. En 1658 se convirtió en tutor y profesor de Griego y Retórica. Más tarde volvió a Oxford y estudió medicina. Tras algunas viscicitudes en el mundillo de la política internacional, que le valieron no pocos problemas, Locke volcó la experiencia de su vida intelectual en dos obras cumbre: Ensayo sobre el Entendimiento Humano (1690) y Pensamientos sobre Educación (1692). La última parte de su vida fue dedicada a tareas administrativas y económicas, hasta que murió en Oates, el 27 de octubre de 1704. La fama de Locke es mayor como filósofo que como pedagogo. Prácticamente todo el pensamiento posterior fue influido por su empiricismo, hasta desembocar en el escepticismo de Hume. En lo pedagógico, Locke no pretendió crear un sistema educativo, sino explicar los lineamientos de la educación para los hijos de la nobleza, no obstante lo cual sus ideas representan tanto un reflejo de la percepción pedagógica de su tiempo como una reflexión profunda sobre sus bondades, defectos y alcances. Citas Parte I l Una mente sana en un cuerpo sano es la breve pero completa descripción de lo que nos conduce a la felicidad en este mundo. El que tiene ambas, poco más puede desear, y el que carece de alguna de ellas, poco mejoraría con cualquier otra cosa. La felicidad o la miseria de los hombres es mayormente el producto de sus propias acciones. l Así como la resistencia corporal reside fundamentalmente en la capacidad de soportar esfuerzos, también lo es para la mente. Y el gran principio de toda virtud reside en ésto: que un hombre sea capaz de negarse a sus propios deseos, oponerse a sus propias inclinaciones, y seguir lo que su razón le marca como bueno aunque su apetito se incline hacia otro lado. l El gran error que he observado en la crianza de los niños es que sus mentes no han sido hechas obedientes a la disciplina y amigables a la razón cuando eran más tiernas, más fáciles de rendir. Los padres, sabiamente comandados por la naturaleza en el amor por sus hijos, son muy propensos a caer en la tolerancia. Aman a sus pequeños y eso es su deber, pero muy a menudo se congratulan también de sus defectos. No se permiten contradecirlos, les conceden todos sus deseos, y porque están en su infancia y no parecen capaces de grandes vicios los padres creen que es seguro tolerar sus irregularidades y aliarse con ellos en esas simpáticas perversiones que creen propias de la edad. l Me parece a mí que el principio de toda virtud y excelencia yace en el poder de negarnos la satisfacción de nuestros propios deseos, cuando la razón no los justifica. l Imagino que todos juzgarán razonable que los niños, cuando pequeños, vean a sus padres como sus amos, sus dueños absolutos, y que sientan respeto en su presencia, y que cuando lleguen a la edad madura los miren como sus mejores y más confiables amigos, tal que los amen y los reverencien. l El temor y la admiración deben dar a los padres el primer poder sobre las mentes infantiles, y el amor y la amistad en la madurez servirán para contenerlas, porque ha de llegar el tiempo en que la vara y el castigo ya no sirvan y entonces, si el amor por ustedes no los hace obedientes y serviciales, si el amor por la virtud y la reputación no los mantiene en el curso correcto, pregunto, ¿qué será lo que los ate a sus padres? l He hablado tanto de ser estricto con los niños que tal vez me haya hecho sospechoso de no considerar lo que es bueno para su tierna edad y sus constituciones. Pero creo que está claro que aquellos niños que han sido más castigados rara vez se vuelven los mejores hombres. Y todo lo que he sostenido hasta aquí es que cualquier rigor que sea necesario es mejor usarlo cuanto más pequeños son, para que por su aplicación correcta pueda relajárselo más tarde y dar paso a una forma más suave de control. l La costumbre perezosa y directa de castigar con la vara, que es el único instrumento que los tutores tienen en cuenta, es la más inapropiada de todas las que puedan tenerse en educación. l Golpear a los niños y aplicarles otros tipos de castigo corporal no es la herramienta apropiada para quien busca formar hombres inteligentes, buenos y sabios, y por lo tanto debe ser usada raramente, en casos excepcionales o de extrema necesidad. Por otra parte, adular a los niños con recompensas agradables también debe ser evitado. Aquél que da a su niño manzanas o dulces para que aprenda la lección, sólo consigue avalar su amor por lo placentero y estimula una peligrosa propensión, que por todos los medios debiera combatirse. l Pero si se quitan la vara y las recompensas, ¿cómo gobernaremos a los niños? Quítense la esperanza y el miedo y habremos puesto fin a toda disciplina. Pienso que el bien y el mal, la recompensa y el castigo, son los únicos motivos de una criatura racional: son las que estimulan y controlan todo lo que la humanidad hace, y por lo tanto también deben ser utilizados con los niños. Porque como siempre recomiendo a padres y tutores, no deben quitar de sus mentes ésto: que los niños tienen que ser tratados como criaturas racionales. l Las recompensas, aseguro, y los castigos, deben ser aplicados con los niños si es que queremos trabajar con ellos. El error es que generalmente se los elige mal. l Las recompensas y los castigos para mantener a los niños en orden son de otro tipo, y de tal fuerza, que cuando los ponemos a trabajar el objetivo se cumple y los problemas desaparecen. La estima y el rechazo son, de todos, los más poderosos incentivos de la mente. Si uno puede instilar en el niño un amor por el elogio y una aprensión hacia la vergüenza, ha conseguido inculcarles un verdadero principio, que habrá de operar constantemente inclinándolos hacia lo correcto. l Tratándolos de este modo, los niños comprenderán que aquellos que son elogiados y estimados por proceder bien, necesariamente serán amados y apreciados por todos y podrán conseguir todo lo que deseen como consecuencia de ello, y, por el contrario, que cualquiera que por su inconducta cae en desgracia y no se preocupa por preservar su imagen, inevitablemente será despreciado y evitado, y que en este estado se le hará difícil satisfacer todos sus otros deseos. l Los retos y admoniciones que de vez en cuando será necesario imponerles se harán en términos desapasionados, graves y serios, pero también en privado. Los elogios, en cambio, deberán ser brindados en presencia de otros. l He visto padres cargar de reglas a sus hijos, de modo que era imposible para los pobrecitos recordar siquiera un décimo de ellas, mucho menos respetarlas. l Por eso, que vuestras reglas sean tan pocas como resulte posible, y en general es preferible que sean menos que más de las necesarias. Porque si se carga al niño con demasiadas reglas, una de dos cosas habrán de suceder: que haga falta castigarlo muy seguido, lo cual es malo porque vuelve al castigo una costumbre, o bien habrá que ignorar algunas transgresiones y no castigarlas, tal que vuestra autoridad acabará resintiéndose. Pocas leyes, pero buenas, y asegurarse de que siempre se las observe una vez introducidas. l Lo que se crea necesario que el niño haga, acostúmbreselo a través de la práctica tan a menudo como la ocasión lo permita. Y si es posible, créese la ocasión. l Este método de enseñar a través de la práctica repetitiva, haciéndole hacer algo una y otra vez bajo la dirección del tutor hasta que se ha adquirido el hábito de hacerlo bien, sin confiar en reglas que deben ser aprendidas de memoria, tiene tantas ventajas que no podemos comprender cómo se lo ignora con tanta displicencia. l Los niños (no, también los hombres), hacen todo por el ejemplo. Somos una suerte de camaleones que toman el color de lo que los rodea, y no es diferente con los niños, que entienden mejor lo que ven que lo que oyen. l No debe impedirse a los niños ser niños, o jugar, o hacer cosas de niños, sino hacer cosas malas. Todas las demás libertades les deben ser entregadas. l Quien quiera que su hijo lo respete y obedezca, deberá sentir por su parte una gran reverencia hacia él. Maxima debetur pueris reverentia. Nada debe hacerse en su presencia que no se desee que imite. l Ningún objeto del aprendizaje debe ser presentado como una carga o impuesto a los niños como un deber. Lo que así se presenta se vueve odioso, y la mente lo rechaza aún cuando antes haya sido causa de interés o indiferencia. l La virtud es más difícil de conseguir que el conocimiento del mundo, y si un joven la pierde, difícilmente pueda recuperarla. l Desearía que aquellos que se quejan del gran deterioro de la piedad cristiana y la virtud que ven en todas partes, y de las fallas de aprendizaje y elevación de la gente de esta generación, considerasen cómo recuperarlas en la próxima. De ésto estoy seguro: que si los fundamentos de esa recuperación no se asientan en la educación de la juventud, todo lo demás será en vano. Citas tomadas de Pensamientos sobre Educación, Secciones 1-5 |
|