Número 5 - Marzo 2000

Jean-Jacques Rousseau

     Citas (Parte II)

l   La Educación Sexual

     Si la edad a la que un hombre se vuelve consciente de su sexo depende de los efectos de la educación tanto como de la acción de la Naturaleza, se deduce que uno puede acelerar o retrasar esta edad de acuerdo a cómo se críe a los niños; y si el cuerpo gana o pierde consistencia en proporción a cómo se retrase o adelante su progreso, también se deduce que cuanto más lo retrasamos más fuerte y vigoroso será el joven. Hablo todavía de efectos puramente físicos; luego veremos que no tenemos por qué limitarnos a ellos.

     De estas reflexiones derivo la solución a un problema, muy a menudo discutido, sobre si conviene o no iluminar a los niños lo antes posible respecto de los objetos de su curiosidad o hacerlos a un lado con inocentes mentiras. Yo creo que no hay que hacer ninguna de las dos cosas. En primer lugar, la curiosidad no llega a menos que se provea ocasión para ello. En segundo lugar, las preguntas que no estamos obligados a responder no nos fuerzan a mentirle a quienes las hacen.  Es mejor llamarse a silencio que responder con una mentira.  El niño no se sorprenderá por este comportamiento si ya se lo ha acostumbrado en otras oportuniddes.  Finalmente, si se decide responder a sus preguntas, hágase ésto con la mayor simpleza, sin misterio, sin vergüenza, sin sonrisas. Es mucho menos peligroso satisfacer la curiosidad infantil que excitarla.

     Sólo encuentro un modo de preservar la inocencia del niño, y es que todos los que lo rodean la respeten y la estimen.

l   La Educación Moral

     ¿Deseáis estimular y alimentar estos primeros atisbos de sensibilidad en el corazón de un jovencito, inclinando su disposición hacia la beneficencia y la bondad? Entonces evitad plantar en él las semillas del orgullo, la vanidad y la envidia dándole una imagen equivocada de la felicidad.  No le mostréis la pompa de las cortes, el orgullo de los palacios, las delicias de los espectáculos; no lo introduzcáis en la sociedad y en las reuniones brillantes. No le mostréis lo externo de la alta sociedad hasta haberlo puesto en condiciones de apreciarla en sus propios términos.   Mostrarle el mundo antes de que pueda entenderlo no es formarlo, sino corromperlo; no es instruírlo, sino engañarlo.

     Por naturaleza los hombres no son ni reyes, ni nobles, ni cortesanos ni millonarios. Todos los hombres nacen pobres y desnudos; todos están sujetos a las miserias de la vida, a sus penas, sus enfermedades, sus necesidades, sus sufrimientos de todo tipo; finalmente, todos están condenados a morir.  Ésto es lo que el hombre realmente es; ésto es aquello a lo que ningún mortal puede escapar. Comenzad entonces estudiando aquello que es más inseparable de la naturaleza humana; lo que mejor constituye la humanidad.

     Alertad a vuestro alumno de sus faltas antes de que las cometa; no lo culpéis una vez que hayan sucedido, porque sólo estimularéis su amor propio a la rebeldía.  No aprendemos nada de una lección que detestamos. Nada me resulta más estúpido que la frase: "te lo dije".

     Es haciendo el bien que nos volvemos buenos; no conozco mejor método.

l   Tres Máximas Morales

     Primera: no surge del corazón humano ponerse en el lugar de los que son más felices que nosotros, sino únicamente en el lugar de quienes sufren las peores penurias.

     Segunda: nunca lamentamos las penas de otros, a menos que sintamos que podemos sufrirlas nosotros mismos.

     Tercera: la pena que sentimos por el dolor ajeno no se mide por la cantidad del sufrimiento, sino por los sentimientos que tengamos por quienes lo padecen.

l   La Disciplina

     Los maestros se quejan de que la energía de la juventud vuelve a sus alumnos ingobernables. Veo que es verdad, pero ¿no es acaso su propia culpa?  Una vez que han liberado esta energía, ¿no comprenden que no pueden ya cambiar su curso? ¿Acaso podrán hacer olvidar al joven los placeres que ha conocido con fríos y pretenciosos sermones? ¿Podrán enfriar así la pasión que acaba de conocer? ¿Acaso no reaccionará el alumno irritándose por los obstáculos que se interponen entre él y la única forma de felicidad que ahora concibe? En la cruel ley que se le impone sin que pueda comprenderla, ¿no verá sino el capricho y el odio del maestro que quiere atormentarlo?  ¿Será extraño, entonces, que se rebele y que lo odie?

     Sé muy bien que si uno es condescendiente puede llegar a ser bien tolerado, y aún mantener una aparente autoridad.  Pero no puedo imaginar la utilidad de una autoridad sobre el alumno que debe mantenerse fomentando los mismos vicios que dice reprimir. Es como tratar de calmar a un caballo fogoso haciéndolo saltar sobre un precipicio.

l   La Enseñanza de la Historia

     Los peores historiadores para un joven son los que emiten juicios. Démosle hechos y dejemos que juzgue por sí mismo. Así aprenderá a conocer a los hombres. Si el juicio del autor siempre lo guía, sólo podrá ver las cosas a través del ojo ajeno, y cuando éste le falte no podrá ver más nada.

l   La Retórica

     Nunca me canso de repetir: las enseñanzas para los jóvenes deben ser acciones antes que discursos.  No permitáis que aprendan en los libros aquello que la experiencia podría enseñarles. ¡Qué absurdo pretender instruirlos en la oratoria cuando no tienen nada que decir, esperar que aprendan sentados en sus pupitres la energía del lenguaje pasional y la fuerza del arte de la persuasión cuando no tienen nada ni nadie a quien persuadir! Todas las reglas de la retórica son un desperdicio de palabras para quienes no saben cómo utilizarlas para sus propios fines.

l   El Pensamiento

     No es sencillo para un hombre comenzar a pensar; pero una vez que ha empezado ya no puede parar.

     No razonéis secamente con los jóvenes. Envolved la razón con un cuerpo si queréis que produzca un efecto. Haced que el lenguaje de la mente pase a través del corazón para que pueda ser comprendido. Repito: los fríos argumentos pueden influír nuestras opiniones, pero no nuestras acciones. Nos ponen a pensar, no a hacer. Nos muestran lo que debiéramos pensar, no lo que debiéramos hacer. Si esto es verdad de los hombres, mucho más se aplica a los jóvenes, que aún están atados a sus sentidos y no pueden pensar más allá de lo que imaginan.

Citas de "Emile", por Jean-Jacques Rousseau, Libros III y IV; traducción de HMC


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