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A ño II - Número 14 |
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Como
nunca antes, la modernidad nos pone de cara a las más profundas
contradicciones del espíritu humano. Bien es sabido que la
naturaleza de nuestra especie no escapa a las reglas de simetría
que permean al universo entero -esa especie de maniqueísmo
cósmico que determina que coexistan la izquierda y la derecha,
la materia y la antimateria, la luz y la oscuridad, el bien y el mal-
de tal modo que en la raíz de todos nuestros comportamientos
podemos encontrar, inevitablemente, formas diversas de altruísmo
y egoísmo sin que nos sea posible determinar en
ellas un valor positivo absoluto. Un individuo generoso que da la
vida para que otro viva hace un bien al prójimo pero se daña
a sí mismo; el egoísta que roba algo vital, como ser
el alimento, perjudica a sus prójimos, pero se hace un bien
a sí mismo y, eventualmente, a su descendencia. El
dilema del relativismo moral es inexistente para la evolución
darwiniana, porque allí los conceptos de "bueno"
o "malo" son sustituidos por la lógica ternaria del
favorable-irrelevante-desfavorable para la supervivencia de los
propios genes. Es sólo nuestra permanente tendencia a humanizar
el universo de nuestros comportamientos lo que hace que pensemos que
el cucú es un pájaro "malo" porque mata a
las crías de otra especie para parasitar su nido, o que el
tero es un ave "buena" porque grita y se expone para atraer
a los enemigos que amenazan a su progenie. Sin
embargo, transportados a la cultura humana, los conceptos de altruísmo
y egoísmo definen -para la mayoría de las personas-
una moral con muy poco de relativo. Todos construimos para nosotros
mismos una ideología personal basada en la noción de
que hay acciones verdaderamente buenas o malas, reflejo de
aquella platónica suposición que dice que todas las
cosas tienen una esencia superior -real- que es inmutable y determinista.
Los actos buenos se nos aparecen entonces como instancias menores
de "la bondad" o de "lo positivo", en eterno conflicto
con "la maldad" y "lo negativo". Apreciamos la
libertad, despreciamos la opresión; valoramos a quien permite,
abominamos de quien prohíbe; respetamos a quien tolera, denigramos
a quien censura. La
sociedad humana, sabiéndose dominada por los atávicos
mandatos de una indiferente etología evolutiva, necesita con
urgencia rescatar para sí reglas claras de juego que le permitan
tanto la supervivencia como el desarrollo de su potencial cultural,
y entonces surgen formas institucionalizadas de moral -las
religiones, los gobiernos- que con justificaciones varias dan carácter
oficial a los comportamientos tenidos por deseables, y estigmatizan
al resto. No
obstante, la sensación profunda que todos tenemos sobre la
inmutabilidad y permanencia de nuestras concepciones éticas
-y nuestro ferviente deseo de que así sea- el relativismo moral
existe y goza de buena salud. Es harto evidente que siempre hay un
punto de vista desde donde la moralidad canónica de cualquier
acto puede ser puesta en duda y, de hecho, hasta las instituciones
que hacen las reglas las violan a sabiendas y repetidamente, convencidas
de que en esos casos están haciendo un bien al hacer mal.
Un país en guerra, por ejemplo, está virtualmente obligado
a engañar a su rival y a mentir sobre su situación
bélica porque, de otro modo, sería fácil presa
de los ejércitos enemigos. No se trata aquí de que "el
fin justifique los medios", sino de que los medios no guardan
proporción con el fin, de tal forma que siempre nos parecerá
justificable una pequeña inmoralidad si a la larga o a la corta
produce un enorme beneficio, en especial cuando éste es objetivamente
bueno. A
pesar de toda la evidencia que indica que lo que llamamos "moral"
es demasiado difuso y muy a menudo inaplicable, hay personas y grupos
que esgrimen una ética de lo absoluto ciertamente dañina.
¿Es
inmoral el pedido de la Capitol News Service? No si nos atenemos a
la Historia, donde la exhibición de los condenados a muerte
y sus ejecuciones públicas son casi una constante. Pensemos
en el Circo Romano, en las hogueras de la Inquisición, en los
cadalsos donde perdían la cabeza los reyes o sus concubinas,
en la guillotina de Robespierre, en los fusilamientos de espías
y traidores, en los linchamientos del Lejano Oeste, en el garrote
vil de la España moderna o en las lapidaciones de los talibanes,
y veremos todas esas formas de bárbara venganza rodeadas de
una nutrida concurrencia, entusiasta, satisfecha y hasta agradecida
por el espectáculo. ¿A qué asombrarse, entonces,
de que alguien desee hoy aprovechar los medios masivos de comunicación
para llevar el último suspiro de los reos floridenses a los
cuatro puntos cardinales, en color y en estéreo? Sin
embargo, esta solicitud de los medios no se autoinscribe en una continuidad
histórica, y allí es donde pone de manifiesto su debilidad.
Venimos de un siglo en el que las ejecuciones públicas han
sido progresivamente eliminadas de las carteleras de los países
civilizados como "eventos sociales", y donde se construyó
una conciencia bastante extendida en su contra, llegándose
incluso a negar derechos a la mismísima pena de muerte. Por
un lado, es natural que así sea. En otros tiempos era común
asistir al final de la vida -de la ajena, claro está- por culpa
de enfermedades, guerras y accidentes. Los antibióticos y el
pacifismo -fenómenos inéditos de la Historia Moderna-
hicieron que la muerte se escondiese en un rincón, y para olvidarla
del todo los humanos la hicimos tan privada e íntima como nos
resultó posible. La muerte hoy es como las ratas: antiguamente,
todas las mujeres citadinas hacían una cuestión de género
su aversión visceral hacia ellas; hoy dicen temerles... pero
es dudoso que hayan visto una, aunque haya sido de lejos. Algo
similar sucedió con el sexo hasta los años setenta.
Por décadas de cine y televisión lo único que
se permitía era un beso -sugestivo de avances mayores- al principio
invisible detrás de un paraguas o del ala de un sombrero. Y,
al fin y al cabo, si superamos este prurito del erotismo; si hoy mostramos
a diestra y siniestra el acto sexual sin velos ni discretos esfumados;
si el realismo nos autoriza a divulgar lo más íntimo
de la sexualidad... ¿por qué no aplicar idéntico
criterio con la muerte? No,
señores, no es así. La Capitol News Service no argumenta
en base a ningún antecedente histórico ni hace suyo
el "progreso" hacia el realismo de las costumbres y de su
representación artística. Dice, en cambio, que "los
actos de gobierno no pueden ser secretos" y que, por lo tanto,
las ejecuciones deben hacerse a la luz del día, con cámaras
tomando en primer plano todo lo que sucede (curioso postulado en un
país que todavía no sabe quién mató a
su cuadragésimo primer presidente porque los documentos más
sensibles de la investigación permanecen bajo cuatro sellos
hasta dentro de varias décadas; hogar del FBI y la CIA, reyes
indiscutidos del recontraespionaje y cunas de los más reservados
proyectos bélicos). ¡Qué más quisiéramos
que los EEUU no tuvieran secretos! Pero... ¿es el último
estertor de un condenado el primero que debemos develar? Por
supuesto, la lectura correcta es otra y no son suficientes las ironías
para explicarla. Se trata, nada más ni nada menos, que de una
escalada disolutoria que apela a la moral para difundir y lucrar
con lo in-moral. Tenemos derecho a saberlo
todo, ergo debemos verlo todo: esta parece ser la regla para
los medios, y entonces pugnan por convencernos de que nos están
haciendo un favor al luchar contra el sistema en defensa de nuestras
libertades. Triste como suena, muchos les creen. Clínicamente
estamos volviéndonos víctimas de un fenómeno
de acostumbramiento. Los hacedores de espectáculos se han sumergido
hace rato en una carrera por proveernos de emociones cada vez más
fuertes -el realismo de que hablábamos- sólo para acercarnos
a la butaca del cinematógrafo o para atarnos a la pantalla
del televisor con crudas motivaciones, esto es para que consumamos
sus productos y la publicidad asociada. En el proceso nos hemos insensibilizado
paulatinamente, y es razonable que busquen ahora entusiasmarnos con
nuevos y más grandiosos efectos especiales y estimulantes sensaciones,
a medida que las viejas pierden "la gracia". La muerte
real, en vivo y en directo, es el próximo objetivo de Hollywood
y de los medios. No
es novedad que la televisión está tanteando el ambiente
para ver cómo le va en la aventura. Los noticieros, por ejemplo,
en su afán por llegar siempre primeros llegan muchas veces
antes, y se aseguran la primera fila en los tiroteos, los atentados
y los accidentes más espantosos. Cada día que pasa las
cámaras se detienen un segundo más en la sangre, los
teleobjetivos nos aproximan un centímetro más hacia
el miembro mutilado, y el "replay" nos muestra una vez más
de lo necesario esa escena que, narrada, nos habría quitado
el apetito, pero que vista en colores y repetida hasta el hartazgo
acaba por parecernos tan insípida como una mermelada "light". La
ley no es insensible a estos escarceos mediáticos con la muerte
o la tragedia; después de todo, existen regulaciones más
o menos universales que limitan lo que puede exhibirse en público
en base a la "moral y las buenas costumbres", y es
aceptado que demasiada sordidez llega a atentar contra ellas. Pero
la ley puede tener un espíritu y los jueces otro, o ninguno.
En nuestro país son muchos los casos de productores y artistas
multados por cruzar alguna de las invisibles barreras del buen gusto,
pero jamás se les ha quitado una parte sustancial de las ganancias
que los programas sometidos a condena les generaron o se los ha encarcelado
por ellos. En otras palabras, es absolutamente rentable pagar la multa
y seguir haciendo lo que sea, antes que llamarse a recato por temor
a un inocuo castigo simbólico. No
obstante, este mercantilismo abyecto es todavía poco potable
para servir como explicación general frente a la audiencia.
Entonces, ¿a qué se apela? A los Derechos, a la Libertad,
interpretándolos como valores absolutos cuya fragmentación
o limitación es imposible sin destruir su esencia; esto es,
a una moral dogmática e intransigente donde "todo"
es sinónimo de "bueno". No es buena una libertad
restringida; hace falta tenerla entera; no parece un buen derecho
aquel que tiene un límite; debe ser irrestricto y sin condiciones
para ser un derecho que valga la pena. Esta es la base del argumento
de la Capitol News Service, que exige que una regla general aplicable
al Estado -difundir apropiadamente sus obras- sea respetada en todas
las circunstancias, sin menoscabo alguno, a rajatabla. Es
curiosa esta postura, porque pareciera ser que lo que es obligación
del Estado en forma absoluta no alcanza a los medios que lo reclaman.
En efecto: ¿difunden los canales de televisión las reuniones
de directorio donde se diseñan las programaciones, donde se
sientan las bases ideológicas de lo que se va a producir, donde
se concretan millonarios negocios publicitarios a contrapelo del Arte
o del buen gusto, y donde se contratan equipos de psicólogos
y sociólogos para dirigir la voluntad del público hacia
las áreas más lucrativas del espectáculo? ¿Nos
permiten conocer, acaso, los tejes y manejes de los noticieros, el
por qué se difunde una noticia y no otra, los mil y un intereses
creados que tiran de los hilos informativos?¿Nos
dan alguna oportunidad de enterarnos de los pormenores de las campañas
de prensa que destronan políticos y coronan a sus sucesores
a espaldas de la opinión pública, cuando no del voto
popular? ¿Acaso no tiene el pueblo derecho a un programa "especial"
de fin de año, donde se revele la intimidad de los popes mediáticos
y se los vea reírse y brindar con champán por haber
burlado la inocencia de los espectadores durante trescientos sesenta
y cinco días ininterrumpidos sin que nadie se haya dado cuenta
o les reclame? ¡Caramba! Si no hay secretos de Estado, menos
debería haberlos corporativos; si la Verdad es un valor absoluto,
también debería alcanzar a la televisión y a
quienes la hacen, ¿o será que sus responsables se consideran
más allá del bien y del mal? Sí,
es curiosa la contradicción, pero hay una todavía mayor.
Cuando a los productores o periodistas se les pregunta
qué es lo que los mueve a defender estos derechos absolutos
-a informarlo todo, a mostrarlo todo, a no someterse a restricción
alguna- suelen responder con una muletilla sorprendente, y dicen:
"porque el público lo pide". Es entonces cuando toda
la lógica se derrumba. No buscan los medios mostrar la muerte
de un condenado o cualquier otra barbaridad por ejercer un Derecho,
sino como reacción a un (supuesto) deseo popular. Antes no
lo hacían porque nadie lo pedía; no era esa la costumbre.
Ahora lo exigen porque la gente ha cambiado en sus gustos, porque
los antiguos códigos ya no la satisfacen y se han adoptado
unos nuevos, y ellos -respetuosos de la audiencia- se lanzan contra
el Sistema para darle satisfacción. No indagan sobre quién
demonios cambió las preferencias populares; no preguntan si
es bueno lo que el pueblo quiere ahora: si lo quiere, entonces debe
serlo. Y así, entre las apelaciones a los valores absolutos y la pendularidad, llegamos al final de la historia. Los medios -aunque la abstracción no es conveniente y preferiríamos decir "las personas que trabajan en ellos"- son una clara muestra de decadencia ética y un factor más de la alarmante disolución social de nuestros días, porque, al fin y al cabo, de tanto ir y venir entre los extremos, terminan ejerciendo casi como una profesión una ideología intermedia, ambigua, cínica y destructiva, que no es el relativismo, sino la hipocresía moral.
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