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Número 13 - Noviembre 2000 |
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Finalmente,
sucedió. Una maestra fue asesinada en el aula y, en un instante,
todas las discusiones, los análisis y la insufrible verborragia
de los opinadores profesionales y los mal llamados periodistas -para
quienes el único desenlace de valor siempre es "la mala
noticia"- se consumaron en un climax tan lógico como anticipado.
Sucedió, y ahora vemos que era imposible que no sucediera,
al punto que tomamos con entera naturalidad las crónicas del
evento y reaccionamos con una pasividad que llega a asustarnos. Todos
sabíamos que alguien iba a morir en un aula. Comenzamos a recorrer
un camino directo hacia la inevitabilidad de este homicidio desde
el primer día en que se habló de la violencia escolar
como un fenómeno que encaja a la perfección en el esquema
social contemporáneo, algo cuya historia causal podemos trazar
con total certeza. Y paso a paso, como si estuviésemos representando
los roles de una obra concebida desde siempre, fuimos desgranando
los sucesivos actos hasta arribar al dramático desenlace. Quien
más, quien menos, todos ocupamos el escenario en algún
momento. La directora de escuela que toleró la primera navaja
en clase; el maestro que se encogió de hombros ante el comportamiento
mafioso de un grupo de alumnos; el padre que empujó a su hijo
a hacer justicia por mano propia; la madre que no quiso denunciar
al profesor agresivo; el funcionario que echó al cajón
del olvido el sumario que informaba de graves actos violentos en la
escuela; el ministro que consideró "políticamente
correcto" dar satisfacción a las demandas de los lobbistas
tecnocráticos antes que destinar fondos para la rehabilitación
de alumnos con serias disfunciones sociales; el gremialista que dio
prioridad a su "carrera" en lugar de ocuparse de escuchar
a sus representados; el artista que prestó su cuerpo y su voz
para hacer apología de la violencia; el sociólogo que
interpretó las estadísticas pensando en publicar un
"best seller" de alto voltaje; el sacerdote que pidió
resignación y puso al sufrimiento en la categoría de
bien deseable; el policía que investigó a la víctima
y dejó libre al victimario; el pedagogo que instó a
sus colegas a tolerar lo intolerable en nombre de una hermética
teoría jamás demostrada; el hombre común que
se encogió de hombros... Y por encima de estos actores -estrellas
unos, de reparto otros- los malos periodistas, que medraron moviendo
los hilos para dramatizar lo irrelevante y banalizar todo aquello
que hubiera contribuido a pausar el drama o, directamente, a impedirlo. Los medios siguen insistiendo en que su única función es mostrar una realidad de la que no son responsables. Sin embargo, hay un detalle que parece escapar a la preclara inteligencia de quienes los dirigen: cuando una noticia va de la primera plana a la página cincuenta y pico en dos días, se está enviando un mensaje; cuando se eluden las preguntas críticas a un entrevistado, se está enviando un mensaje, y cuando se insiste permanentemente en resaltar lo negativo, se está enviando un mensaje. Todos estos mensajes, aún cuando se nos aparezcan bajo el aura de la objetividad más inmaculada, se derraman sobre una audiencia desprevenida y llegan por igual al indiferente y al ávido de estímulos. No por nada las olas de suicidios adolescentes siguen el ritmo de la prensa que los refleja, o los disturbios callejeros, o la acción de las patotas, o las peleas en los bailes, o el descontrol en los viajes de fin de curso. Pero
mucho peor que eso es que esos mensajes, el currículum oculto
de los medios, busquen satisfacer el interés de unos pocos
en lugar de apuntalar el Bien Común. A nadie escapa que la
desmedida o falseada difusión de noticias trágicas,
desórdenes o problemas sociales tiene -en muchos casos-, además
del valor intrínseco de promover las ventas, la clara intencionalidad
de desestabilizar a ciertos personajes públicos o desprestigiar
la política de algún gobierno o funcionario, para allanar
así el camino a otros más afines, más "amigos",
o bien, para sentar las bases donde alguna ideología o conveniencia
esperan construir su palacio. Por
otra parte, la prensa y la televisión no pueden ignorar hoy
en día que la forma en que nos muestran las miserias humanas
es miserable por mérito propio, y que el ensañamiento,
la cámara lenta y el play-back, unidos al morbo exagerado y
al rápido olvido producen un efecto anestesiante sobre las
personas. Al final, las cosas suceden porque nos volvemos insensibles;
porque perdemos la voluntad de reaccionar a tiempo y porque, en definitiva,
nos han hecho creer que todo es inevitable. Mala gente ha habido desde
siempre, pero ahora la mala gente se ha vuelto la estrella del show
y los medios critican su maldad según les conviene. Basta ver
cómo la prensa trató en su momento la (ciertamente injusta)
muerte en servicio de un periodista -José Luis Cabezas- y cómo
trata ahora el estéril asesinato de una colega al frente de
su clase, para empezar a comprender las poco sutiles formas en que
nos ha convertido en sus peleles: ayer, para alinearnos de su lado;
hoy, para disolvernos en un mar de dudas. No es casual; la Escuela
está siendo atacada desde muchos ángulos y los medios
- aliados del poder al fin- rubrican el argumento pergeñado
en las más altas esferas. Una maestra ha muerto; un imberbe se ha convertido en asesino. Podemos estar satisfechos y disfrutar de los aplausos. Cayó el telón; mutis por la derecha. ¿Y ahora, qué? Ahora a seguir leyendo los diarios para aprendernos el papel de mañana. |
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