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| Número 1 - Noviembre 1999 |
Esta publicación que hoy ponemos a consideración de los educadores hispanoparlantes es el fruto de tres años y medio de paciente construcción de una palpitante, humana y solidaria comunidad real -nada de virtual hay en ella- cuyo número de miembros se acerca rápidamente al tercer millar. Cuando nació Nueva Alejandría, fue su piedra basal el concepto de que un espacio educativo en idioma español en la Internet no tenía sentido alguno si no apuntaba a congregar maestros y profesores de todos los países hispanoparlantes, porque pretender quedarse en el localismo se nos antojaba equivalente a mandar una carta al vecino del departamento contiguo, o tomar el tren para volver a la misma estación. Ésto, que suena al más definitivo sentido común, no ha sido por desgracia la regla para tantas otras empresas que han surgido en estos años, lo cual tal vez explique el éxito permanente de nuestra propuesta y la relativa soledad en la que nos hallamos. A lo largo de estos cuarenta meses de tejer redes de fraternidad continental hemos aprendido muchas cosas. La primera de ellas es que los maestros de Hispanoamérica reclaman, necesitan y merecen un espacio donde hacer oír sus voces. La segunda, que esas voces suenan potentes, casi como un grito, y que transmiten mensajes contradictorios pero casi invariablemente optimistas. Hay en ellas esperanza y frustraciones, alegría y angustias, apoyo incondicional y rebeldía. Toda la gama de sensaciones que produce esta noble profesión cuando se la ejerce con compromiso y responsabilidad. Éste es el contexto en el que nos desenvolvemos y en el que se debaten nuestras posturas, ideales y expectativas: una reforma que cruza las Américas con su carga de tecnocracia o modernización, según se la quiera ver; aulas superpobladas y caros laboratorios de computación, presupuestos magros y generosos despilfarros, familias indiferentes y compromiso social, pésima capacitación y educación a distancia, salarios de hambre y colegios de elite, huelgas y trabajo en doble turno. Por el lado de la ideología, las cosas no son más claras, porque a la catarata de innovaciones teórico-prácticas que se derrama sobre la atribulada profesión docente se le contrapone un reclamo cada vez más firme de la sociedad por devolver su sentido tradicional al maestro y a la escuela; son tantos los que se inclinan a pensar que la modernidad está cambiando los paradigmas como los que sienten que un retorno a las fuentes es inevitable. Pero hay unanimidad en algo: no existen los maestros indiferentes, porque la Educación se ha instalado en el primer plano de la consideración social y ya no da cabida a la apatía. Los indiferentes, en todo caso, no son maestros, sino que apenas se atribuyen un honor a todas luces inmerecido. Éste es el contexto, entonces, y éste es el espacio que hoy abrimos para todos los maestros que tengan una verdad que comunicar al mundo. Y no hace falta que los convoquemos, porque ya los ha convocado su vocación.
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